sábado, 29 de octubre de 2011

LAS CIRCUNSTANCIAS DE GRECIA DURANTE EL IMPERIO: SU REFLEJO CULTURAL


Cuando preparaba mi habilitación de titular desarrollé con gran ilusión este tema, concebido desde un enfoque integrador. Pero el juicio que formamos de nuestras empresas no coincide siempre con el juicio de los demás, y de hecho este es el post del blog que ha recibido menos visitas: 21 desde el 18 de diciembre de 2008.

El tema que se trata aquí es realmente importante. Por ello he decidido reformar aquella entrada, seguro que muy primeriza, y ofrecer esta nueva versión. Ojalá esté más acorde con lo que esperan los lectores de El festín de Homero.


La transformación del mundo griego, tal y como éste había sido entendido hasta época de Alejandro, se acentúa aún más a partir del momento en que el Oriente helénico pierde toda su autonomía frente al poder de Roma:
las fechas del 30 a. C., anexión de Egipto por Roma, o del 27, cuando Grecia se convierte en la provincia senatorial de Acaya, son significativas.
A su vez, en Roma había sido sustituido el sistema republicano por nuevas estructuras monárquicas en torno al cambio de eras.

Las transformaciones políticas, económicas y sociales, se dejaron notar consecuentemente en la literatura de estos cinco largos siglos de historia que etiquetaremos como “período imperial”.

En esta entrada me detendré en tres cuestiones generales que han de situarnos a todos ante las coordenadas de este momento:
  1. La historia de Grecia durante el Imperio (coordenadas históricas).
  2. Las características de la cultura griega en el nuevo período (coordenadas culturales).
  3. Los rasgos generales de la Literatura Griega en época imperial (coordenadas literarias).


1. LA HISTORIA DE GRECIA DURANTE EL IMPERIO

Las fases que pueden fijarse para la historia de Grecia durante el Imperio coinciden, por motivos obvios, con las fases reconocibles para la propia historia de Roma. Y la historia antigua estableció tradicionalmente, para lo que nosotros llamamos “Imperio Romano”, una división en dos subperíodos: Principado y Dominado.
  • En el Principado, durante más de doscientos años, se mantendrá la ficción de que el emperador no es más que un princeps, un primus inter pares.
  • Con el Dominado, a partir del año 284 (Diocleciano), desaparece tal ficción; a partir de aquí se entiende también que se abre la Antigüedad Tardía.
La Pax Romana y las ciudades griegas:
Comenzamos esta exposición sobre la historia de Grecia bajo el Imperio de Roma recordando que, al comienzo del Principado, la Pax Romana ofreció a Grecia un período de estabilidad, necesario para recuperarse de su situación crisis.

Nótese que, como resultado de las guerras civiles romanas (S. I a. C.),
  • se había producido una notable disminución de la riqueza en las ciudades griegas del Continente;
  • este hecho venía además precedido y acompañado por una disminución de la población desde el S. III a. C.
De hecho, en el cambio de eras había territorios de Grecia totalmente despoblados.


En el nuevo período, el Imperio se estableció en Oriente a través de las ciudades:
  • los romanos van estableciéndolas por todas partes y dotándolas de grandes responsabilidades;
  • gracias a ellas, el Estado consigue hacerse presente en todo el territorio.
Ha de pensarse además que, pese a lo que tantas veces se ha dicho sobre el supuesto complejo de superioridad de los griegos frente a los romanos, muchos ciudadanos de Oriente coadyuvaron en el establecimiento de las estructuras imperiales.

En agradecimiento a ello recibieron contrapartidas como, entre otras, la ciudadanía romana, sobre lo cual cfr. Halfmann, H., Die Senatoren aus dem östlichen Teil des Imperium Romanum bis zum Ende des 2. Jh. n. Chr., Gotinga, 1979.

Ha de hacerse notar que, como norma, un miembro de la clase alta en el Oriente griego (o helenizado) se sentía parte de tres realidades distintas y armónicas, que no entraban en contradicción:
  • el Imperio romano,
  • su ciudad o provincia
  • y la cultura (paideía) griega.
De hecho, la cultura (la paideía griega) fue un elemento de cohesión que mantuvo intacta su importancia en el Imperio (romano) y que vino incluso a sustituir entre las clases altas de Oriente el papel de otros méritos públicos, como los de la milicia.
Así lo comprobamos, de manera eminente, en el caso de los autores de la Segunda Sofística.


El Estado romano en la Antigüedad tardía:
A finales del S. III, en época de Diocleciano (284 – 305), el Imperio empezó a superar la situación de inestabilidad de que adolecía desde el final de la dinastía de los Severos (Alejandro Severo muere en 235).

Gracias a las nuevas medidas políticas adoptadas por Diocleciano y Constantino pudo sobrevivir al menos la parte oriental del Imperio hasta el S. XV.

Estas medidas consistieron básicamente en la adopción de una estructura centralista en la que el Emperador (ya no puede hablarse del “Príncipe”, ni como eufemismo) representaba el vértice de la pirámide política y social.

En las tareas de gobierno, el Emperador era asistido por un Consistorium, término significativo de la nueva realidad política por oposición a consilium (principis).

Paralelamente se advierte el intento de crear una “religión del estado” a partir de las antiguas tradiciones. Parte de esta política religiosa consiste en la supresión de aquello que pudiera considerarse como ataque a la religión pagana: de ahí que Diocleciano reactivara las persecuciones contra los cristianos.
Lo paradójico es que, en el S. IV, quien desempañará el papel de “religión del estado” será el Cristianismo, perseguido hasta poco antes. Los primeros intentos de prohibir los cultos paganos se produjeron en el 354, si bien la prohibición de los mismos no llegó hasta el 391 / 392 con Teodosio. Entre medias de este proceso, Juliano (331 – 363) quiso revitalizar las tradiciones antiguas, pero su intentona se quedó en un mero episodio.
Más aún, en este período de la llamada “Antigüedad Tardía” se produjeron cambios importantes en la estructura social:
  • en el campo disminuyó el número de campesinos libres, que vinieron a convertirse en “colonos” (que arrendaban la tierra a un amo);
  • las ciudades perdieron también libertad frente al estado, que llegó a controlar y restringir por ley aspectos como los cambios de empleo (estrictamente prohibido, p. ej., para los panaderos);
  • se produjo también el deterioro de las clases altas, depauperadas pero obligadas a seguir apoyando económicamente a la ciudad y al estado; de esta manera, los individuos que integraban la clase de los llamados “decuriones” se convirtieron en “honoratiores sin honor” (cfr. Martin 1995).
Además, la situación se agravó por el papel de los senadores que integraban el senado imperial sin necesidad de residir en Roma o Bizancio. Grandes latifundistas, residían en sus propiedades del campo como “eminencias grises” que cortocircuitaban el estado y tomaban en su nombre todas las decisiones, dejando sin función a las elites de las ciudades.

Ha de observarse que presentar la Antigüedad Tardía como una época de puro declive es, muy posiblemente, una simplificación:
  • el S. IV es el momento en que se funda una nueva capital del Imperio en Oriente;
  • la polémica entre paganos y cristianos se tradujo en una producción literaria importante;
  • el S. IV no renunció a las señas de identidad del sistema educativo propio de los primeros siglos del Imperio.


2. LAS CARACTERÍSTICAS DE LA CULTURA GRIEGA EN EL NUEVO PERÍODO

Que el centro de la vida política se desplazara decididamente hacia Occidente no implicó en absoluto un abandono de los rasgos definitorios de la cultura griega tradicional. La situación fue, de hecho, bien diferente.
  • Por una parte, la actitud filohelénica de emperadores como Adriano o los Antoninos ayudó de manera decidida a evitar el declive cultural de Grecia.
  • Aunque también se ha de reconocer que, en ocasiones, nos hallamos ante un filohelenismo interesado o, lo que es lo mismo, una instrumentalización de la cultura por la política.
  • Por otro lado, lo cierto es que durante siglos, durante el dominio de Grecia por Roma y después, se siguió transmitiendo la paideía clásica – aunque, eso sí, con ciertas características peculiares.

Parece que estamos obligados a hablar del sistema de educación en la Grecia imperial y de cómo ese sistema garantizó la pervivencia de la cultura griega tradicional – y de cómo pudo mediatizar también la producción literaria del período.
Alguna referencia fundamental sobre la educación antigua:
Marrou, H.-I., Historia de la educación en la Antigüedad, Madrid, 1985 (Histoire de l'éducation dans l'antiquité, París, 1964, 6ª ed.).
Y, como trabajos más recientes:
Christes, J.; Klein, R., y Lüth, Chr. (eds.), Handbuch der Erziehung und Bildung in der Antike, Darmstadt, 2006.
Too, Y.L. (ed.), Education in Greek and Roman Antiquity, Leiden, 2001.
Recuerdo que, en época imperial, la escuela griega estaba estructurada en tres niveles:
  1. el de la escuela elemental;
  2. el de la escuela de gramática (nivel intermedio: el gymnásion);
  3. y el que aquí más nos interesa, el de la “escuela superior”.
En esta “escuela superior”, el joven se convertía en alumno de un rhétor o sophistés que le instruía de manera sistemática en el arte de la oratoria.
Nótese que ya en la escuela de gramática los alumnos habían debido de iniciarse en la retórica. Para ello contaban con los Progymnásmata y con una serie reglada de ejercicios preparatorios, que comenzaban, p. ej., con la prosificación de una fábula en verso.
Las escuelas superiores en que se trabajaba sobre retórica atendían a tres materias (podríamos decir, el trivium retórico):
  • Teoría sobre retórica: la teoría recogida en las téchnai rhetorikaí, en las que se trabajaba sobre las cinco partes de la retórica – en latín, inuentio, dispositio, elocutio, memoria, pronuntiatio.
  • Estudio de textos que servían como modelo: el esfuerzo se concentraba en los oradores áticos – lo cual, a su vez, retroalimentaba la importancia indiscutible de ese canon.
  • Ejercicio práctico: consistía en la elaboración de discursos ficticios para diversas circunstancias – éstos son las melétai o declamationes, de las que conservamos un amplio corpus.
En relación con las declamationes ha de hacerse observar un hecho que a nosotros nos puede parecer llamativo: sus temas se concentran siempre en la época clásica, como si la historia de Grecia se hubiese acabado con el advenimiento de Alejandro.

A la vista de este panorama educativo se entiende que, en el Oriente del Imperio, se pudiesen mantener unos mínimos culturales y educativos altos aunque quizá no igualmente productivos. El autor que se había formado en este modelo clásico
  • estaba formado fundamentalmente en aspectos retóricos;
  • seguía contando como únicos referentes culturales vivos los grandes modelos de época clásica.
A partir de esta base pueden explicarse muchos rasgos de la literatura griega del Imperio.


3. RASGOS GENERALES DE LA LITERATURA GRIEGA EN ÉPOCA IMPERIAL

Como rasgos principales de la Literatura Griega de época imperial creo que han de destacarse los siguientes:
  • la fosilización lingüística,
  • el predominio de la prosa y la retórica,
  • el estancamiento de las formas poéticas
  • y la regresión reiterada a los referentes literarios del pasado.
En otro orden de cosas debe considerarse también como característica de la literatura imperial la irrupción paulatina de una nueva temática, de oposición o apoyo al Cristianismo. Pero
  • De quienes se oponen o apoyan al Cristianismo en sus obras literarias hablaremos a medida que surja este tema en entradas sucesivas.
  • Aquí y ahora nos centraremos en las tres últimas características de la literatura griega imperial que se acaban de citar: lo que se refiere a la fosilización lingüística lo comento en la entrada .
I. El predominio de la prosa y la retórica:


El período imperial es una época marcada por el predominio de la prosa: el papel preponderante que les corresponde a los géneros poéticos en el Helenismo lo ocupan ahora los géneros en prosa. Por ello, los autores más relevantes de este momento son prosistas; cfr. algunos nombres significativos, ordenados por género:
  • Plutarco
  • Dión de Prusa
  • Luciano
  • Libanio
  • Juliano
  • Dión Casio
  • Pausanias
  • Plotino
  • Caritón
  • Jenofonte
  • Aquiles Tacio
  • Longo
  • Heliodoro...
Estos cinco últimos son además los representantes con obra transmitida de un nuevo género en prosa que surge en este momento: la novela, género de evasión para intelectuales, según el planteamiento que hace Luciano al principio de sus Relatos verídicos.

Pero de los géneros en prosa cultivados en la época el más característico es el de la retórica:
  • En este período se escriben tratados sobre el tema, como los de Demetrio o Dionisio de Halicarnaso; a la misma categoría pertenece, en buena medida, el de “Longino”.
  • Pero hablar de retórica en el período imperial es hablar, sobre todo, de la corriente llamada “Segunda Sofística”:
Los rétores del momento (Dión de Prusa, Elio Aristides, Luciano…) son los nuevos “sofistas”, de acuerdo con el término aplicado a ellos por Filóstrato (en su Vida de los sofistas).
Desempeñaron un papel importante en la vida pública del Imperio pues se convirtieron en consejeros de emperadores y auténticas estrellas populares (“mediáticas”) gracias a sus declamaciones públicas.
Sobre la Segunda Sofística, mira las entradas 48. La Segunda Sofística: de Dión de Prusa a Filóstrato, 49. Luciano, 50. Segunda Sofística y epistolografía. La Segunda Sofística en el período tardío.
  • Por otra parte, ha de valorarse que el retoricismo imperante dejó su huella en los restantes géneros en prosa, según se aprecia p. ej., en el caso de la novela, en Longo, bautizado como “Sofista”.
  • Más aún, el retoricismo se extendió también a los géneros poéticos, según ha indicado la crítica para las obras de los dos Opianos: las Haliéuticas y las Cinegéticas (mira 45. Poesía de época imperial).
II. El estancamiento de las formas poéticas:

En cambio, la poesía recibió un cultivo sensiblemente menor, sobre todo por comparación con la situación del Helenismo.
Es sintomático que en la obra colectiva de Literatura Griega coordinada por López Férez se dediquen 200 pp. a la literatura imperial y sólo 12 a la poesía.
Posiblemente, ningún poeta de la época será conocido por el público culto, salvo Museo – aunque el “público culto ideal” estará seguramente más familiarizado con la “fábula de Hero y Leandro” que con el propio Museo.

Se ha de hacer observar, además, que en la época no se crearon géneros poéticos nuevos, salvo que queramos considerar como tal el epigrama escóptico de Lucilio, epigrama satírico de invectiva y burla:
  • Conservamos unos 110 poemas del autor en la Antología Palatina.
  • Significativamente, estos epigramas de Lucilio han debido de ejercer un gran influjo sobre Marcial.
Un buen indicio de que los años del Imperio fueron malos tiempos para la poesía lo constituye el hecho de que algunos géneros como el encomio y el himno pasaron de la forma poética a la forma en prosa. En efecto, la Literatura Griega nos ha transmitido diversos “himnos en prosa”, posibilidad desarrollada también al amparo de la Retórica.
  • El ejemplo por excelencia de este tipo de himno (en realidad: un encomio dirigido a un dios) lo constituye una serie de textos (diez) compuestos en el S. II por Elio Aristides (37-46 Keil): mira 48. La Segunda Sofística: de Dión de Prusa a Filóstrato.
  • La bibliografía relativa al himno ha destacado que este himno en prosa es respetuoso con las características del género, p. ej. en relación con la estructura trimembre:
invocación – sección media – conclusión (precatio)
III. La regresión reiterada a los referentes literarios del pasado:

La fosilización lingüística de que hablábamos al principio de este punto vino acompañada por el anquilosamiento en los temas y modos de expresión. Cierta impresión general que puede producir la literatura imperial, especialmente la poesía, es la de que
  • sus cultivadores prefirieron regresar una vez y otra a los referentes del pasado
  • en lugar de intentar animar su evocación y lograr resultados nuevos combinando tradición e innovación.
Un ejemplo clásico del “uso pobre” que se hizo de la tradición lo vemos en el caso de las Anacreónticas, composiciones de época imperial destinadas, según parece, al contexto del simposio y escritas imitando el estilo de Anacreonte.

Debo advertir de que
  • lo más atractivo de la literatura de la Grecia antigua no se halla, parece, en los dos últimos siglos antes de Cristo o en los primeros de la era cristiana;
  • pero, aun así, es enorme el interés cultural de lo que se escribió en aquel período.
Lo anterior puede servir como consuelo científico aunque quizá no alcance a despertar en el “público culto ideal” un interés notable por la obra de los autores imperiales.

Con todo, quiero terminar recordando que, en ocasiones, la literatura imperial puede depararnos sorpresas, también dentro del género de la épica. Lo cierto es que en la tradición ha tenido una importancia notable el más breve de los poemas épicos del momento, Hero y Leandro:
  • El tema del Hero y Leandro lo reelabora, en época bizantina, Nicetas Eugeniano.
  • Y, en época moderna y contemporánea, Marlowe, Góngora, Lope de Vega, Hölderlin...: son sólo algunos ejemplos.
Más aún, la sombra de la denostada literatura imperial puede ser tan alargada como para que alcance hasta el siglo XX, según muestra mi último ejemplo:
Milorad Pavic (1929-), novelista serbio, autor de La cara interna del viento o de la obra que aquí nos interesa: La novela de Hero y Leandro (1991).
Para los eventuales interesados: se publicó en Madrid, Espasa-Calpe, 1993.



ALGUNAS REFERENCIAS:

* Sobre la historia de Grecia durante el Principado:
BOWERSOCK, G.W., Augustus and the Greek World, Oxford, 1965.
FOLLET, S. (ed.), L'hellénisme d'époque romaine: nouveaux documents, nouvelles approches, Ier s. a. C-IIIe s. p. C., París, 2004.
GALINSKY, K. (ed.), The Cambridge Companion to the Age of Augustus, Cambridge-Nueva York, 2005.
GASCÓ, F., Ciudades griegas en conflicto (S. I-III d.C.), Madrid, 1990.
HALFMANN, H., Die Senatoren aus dem östlichen Teil des Imperium Romanum bis zum Ende des 2. Jh. n. Chr., Gotinga, 1979.
JONES, A.H.M., Cities of the Eastern Roman Provinces, Oxford, 1971 (2ª ed.).
KALLET-MARX, R.M., Hegemony to Empire: The Development of the Roman "Imperium" in the East from 148 to 62 B.C., Berkeley-Los Angeles-Oxford, 1995.
MARTIN, J., Spätantike und Völkerwanderung, Múnich, 1995 (3ª ed.).
* Sobre las características de la cultura griega en el nuevo período:
- Plekos:
http://www.plekos.uni-muenchen.de [publicación on-line sobre la comunicación y sus estructuras en la Antigüedad Tardía; se gestiona desde la Universidad de Múnich (Prof. Dr. Martin Hose)].
BOWERSOCK, C.W., “Greek Intellectuals and the Imperial Cult in the Second Century A.D.”, en AA.VV., Le culte des souverains dans l'Empire Romaine, Ginebra, 1972, pp. 177-212.
DODDS, E.R., Pagan and Christian in an Age of Anxiety, Cambridge, 1965.
* Rasgos generales de la Literatura Griega en época imperial:
BRIOSO, M., “Literatura imperial. Introducción”, en J.A. López Férez (ed.), Historia de la Literatura Griega, Madrid, 1988, pp. 989-992.
PALM, J., Rom, Römertum und Imperium in der griechischen Literatur der Kaiserzeit, Lund, 1959.
REARDON, B.P., Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J.-C., París, 1971.
SIRINELLI, J., Les enfants d'Alexandre: Le littérature et la pensée grecques 334 av. J.-C. – 519 ap. J.-C., París, 1993.
VAN GRONINGEN, B.A., “General Literary Tendences in the Second Century A.D.”, Mnem 18 (1965), pp. 41-56.
WHITMARSH, T., Greek Literature and the Roman Empire: The Politics of Imitation, Oxford, 2004.





lunes, 24 de octubre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA EN LA ANTIGÜEDAD: JENOFONTE DE ATENAS


Lo cierto es que, para ser un autor por el que tuve tan poco afecto, son ya unas cuantas las entradas del blog en las que hablo de Jenofonte. Aquí le toca el turno, claro, a Jenofonte en cuanto escritor autobiográfico.



JENOFONTE: LA ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA EN TERCERA PERSONA


Incluyo en esta serie de entradas a Jenofonte de Atenas en atención a una de sus obras historiográficas, la Anábasis
Para traducción, cfr. Bach Pellicer, R. (trad.), Jenofonte. Anábasis, Madrid, Gredos, 1982. 
Empezaremos recordando ciertos datos de la biografía de Jenofonte:

  • Nació hacia el 430 a. C. en Atenas. 
  • Debió de ser educado por el sofista Pródico; parece que después fue discípulo de Sócrates: sobre su relación con éste, cfr. Anábasis III 1, 5 ss. 
  • Tuvo algún tipo de intervención relevante durante el mandato de los Treinta Tiranos (políticamente él era de tendencias oligárquicas). 
  • En el 401 a. C. participó en la llamada “expedición de los diez mil”: 13000 mercenarios auxiliaron a Ciro el Joven, en lucha con su hermano Artajerjes II por el trono de Persia; a tenor del texto de la Anábasis (cfr. I 1, 11; I 3, 1; I 4, 11), los expedicionarios no debían de conocer al principio las verdaderas intenciones del pretendiente. 
  • Ciro murió en combate (en la batalla de Cunaxa, que sus tropas ganaron en vano). Al ser asesinados a traición los cinco jefes de la expedición que capitaneaba el espartano Clearco, Jenofonte se convirtió en uno de los líderes que condujeron a los mercenarios de vuelta a Bizancio: el viaje duró cinco meses, los supervivientes fueron 7000 y la expedición la relató en la Anábasis
  • En el 396 a. C. Jenofonte conoció en Asia Menor a Agesilao, rey de Esparta, con quien trabó amistad (puso por escrito su vida en el Agesilao, una de las primeras biografías de Grecia). Jenofonte acompañó a Agesilao en su lucha contra los sátrapas persas y ¡contra los propios atenienses! (como mercenario: en la batalla de Coronea, 394 a. C.). 
  • Posiblemente a raíz de esto (¿o quizá ya de antes, por haber participado en la expedición junto a Ciro, considerado como enemigo de Atenas?), Jenofonte fue desterrado y sus bienes confiscados: se retiró a una hacienda de Escilunte (en Olimpia), premio que le concedieron los espartanos por los servicios prestados; allí nacieron sus dos hijos. De la finca habla con detalle en Anábasis V 3, 7. 
  • En esta hacienda Jenofonte se dedicó a la composición de sus obras, desde una perspectiva hostil a la democracia de Atenas y con simpatía abierta por los gobiernos autoritarios (como el de Esparta) – esta actitud política queda muy bien reflejada en una de sus obras menores, la Constitución de Esparta. 
  • Tras la derrota de Esparta ante los eleos en el 371 a. C., Jenofonte abandonó Escilunte, pasó a Lepreo y posteriormente a Corinto. 
  • Hacia el 365 a. C. (¿antes quizá?) Atenas anuló el decreto de destierro: sus hijos (no sabemos si el propio Jenofonte) volvieron al Ática: el mayor murió luchando por Atenas en la batalla de Mantinea (362 a. C.). 
  • Jenofonte debió de morir con unos 70 años, después del 355 a. C., en fecha y lugar inciertos. 

* Al parecer conservamos todas sus obras literarias, aunque la datación de las mismas es muy poco segura. Estas obras se dejan agrupar en obras historiográficas, socráticas y obras menores. De todas ellas, las que interesan a nuestro tema son las obras historiográficas, y en concreto la Anábasis.

La Anábasis relata en siete libros la “Expedición de los diez mil”: esa división en siete libros no debe de proceder del autor sino de época posterior, al igual que los resúmenes que preceden a cada libro.

La Anábasis de Jenofonte es la segunda obra de este título: es anterior el texto del general Soféneto de Estínfalo (otro miembro del contingente, repetidamente aludido por Jenofonte), que cayó en el olvido después de la divulgación de nuestra obra.

El sentido del término anábasis es el de “ascensión”, “subida” (desde la costa hasta el interior de un país).
  • Efectivamente, la obra narra la ascensión de los diez mil desde Sardes hasta el interior de Persia: pero el relato de ese acontecimiento sólo ocupa los seis primeros capítulos de la obra (I 2 – 6). 
  • Sigue a la anábasis propiamente dicha el relato del enfrentamiento entre Ciro el Joven y Artajerjes II en la batalla de Cunaxa: I 7 – 8; dentro de este episodio se menciona por primera vez a “Jenofonte de Atenas” (I 8, 15), en conversación con Ciro. 
  • Pero lo que ocupa la mayor parte de la obra es el relato de la retirada de los mercenarios griegos: una retirada de 4000 Km. en la que atravesaron las tierras de los carducos (hoy, curdos) y Armenia hasta llegar al Mar Negro (a Trapezunte, según se cuenta a finales del libro IV). 
  • Con todo, Jenofonte aún alarga la narración otros tres libros hasta el momento en que sus tropas se reúnen con las del espartano Tibrón (VII 6, 1). 
Es importante llamar la atención sobre el hecho de que Jenofonte no es un historiador imparcial: en este sentido hay diferencias notables entre Jenofonte y Tucídides, según ha destacado a menudo la crítica. Jenofonte maquilla la realidad e intenta constantemente situarse en el primer plano:
  • Por ello mengua el papel del espartano Quirísofo, que era quien estaba realmente al mando del contingente. En una ocasión habla de un enfrentamiento Jenofonte – Quirísofo e indica que es el único que se dio entre los dos: IV 6, 1 – 3; cfr. además los términos de la discusión en IV 6, 14 – 16. 
  • Jenofonte se presenta además a sí mismo como salvador de los griegos; él es quien toma la iniciativa tras la muerte de los generales y se ofrece a conducir a los griegos de vuelta a Grecia en III 1, 15 – 26. Sobre el carácter providencial de su figura, cfr. p. ej. IV 3, 8 – 16. 
  • En la narración es él el que adopta los puntos de vista acertados, y el que, en las deliberaciones, recibe el mayor apoyo de los soldados. Es significativa p. ej. el debate sobre cómo han de continuar a partir de Trapezunte; cfr. cómo manipula Jenofonte la asamblea en V 1, 2 – 14. 
  • Cfr. cómo Jenofonte le quita el protagonismo a Quirísofo en el episodio siguiente: III 4, 38 – 49. 
Otros autores que escribieron sobre la expedición de Ciro el Joven manipularon la historia en sentido inverso. Éste debió de ser el caso de Éforo, discípulo de Isócrates; Éforo debió de ser fuente de Diodoro de Sicilia, y ello explica que Jenofonte esté ausente del relato de la expedición que escribió Diodoro (XIV 19 – 31).

Por otro lado, parece que el propio Jenofonte intentó menguar su personalismo y aparentar objetividad escribiendo su historia en tercera persona: los primeros receptores de la obra tenían que pensar que era alguien independiente quien hablaba de la expedición y escribía los hechos de Jenofonte. Por ello debió de dar a conocer la obra bajo un pseudónimo; éste es el de Temistógenes de Siracusa, a quien se refiere la primera persona que aparece a veces en la obra:
Lo que escribí [yo, Temistógenes] de que el Rey se asustó con este avance era evidente (II 3, 1). 
A este Temistógenes alude Jenofonte en las Helénicas (III 1, 2) y se refiere a él como autor de una Anábasis: PERO lo cita y la cita coincide textualmente con la de su propia Anábasis. Ya Plutarco (De gloria Atheniensium 345 e) consideró que todo esto era un artificio y que Temistógenes era en realidad el nombre bajo el que Jenofonte publicó su obra, al objeto de dar impresión de imparcialidad. Desde Plutarco, la crítica acepta (prácticamente sin excepciones) su intuición.

Con todo, también cabe pensar que la adscripción de la obra a Temistógenes de Siracusa pudo obedecer a lo que podríamos llamar “motivos editoriales”: como Jenofonte estaba desterrado de Atenas, quizá tuvo que publicar su obra bajo pseudónimo, para poder darla a conocer en su ciudad.

Una cuestión emparentada con la del personalismo de Jenofonte es su supuesto carácter tendencioso (todavía más marcado en las Helénicas que en la Anábasis). Éste es otro lugar común de la crítica sobre Jenofonte. Al respecto cfr. este comentario de García Gual (p. 23 en la traducción de Bach Pellicer):
La tendencia apologética es patente, creemos, a lo largo de la narración. Lo que no quiere decir que sea un relato tendencioso. Jenofonte escribe sus recuerdos personales de la expedición, a más de veinte años tal vez, apoyándose quizás en algunos apuntes o un diario de viaje. Pero escribe con un propósito mucho más amplio que el de redactar un escrito exculpatorio o laudatorio. Si la Anábasis tiene algo de “rendición de cuentas”, es también una “rendición de cuentas” consigo mismo, una rememoración orgullosa y sincera de su pasado.

En el caso de la Anábasis nos encontramos con una narración en la que el autor (no el narrador) desempeña un papel importante. Es cierto que nos hallamos ante un cierto tipo de escritura autobiográfica: ahora bien, los rasgos autobiográficos presentes en la obra, ¿bastan para considerarla como una autobiografía de Jenofonte de Atenas?

Dejamos abierta la cuestión hasta llegar al momento de las conclusiones definitivas.


C. JULIO CÉSAR (101 – 44 a. C.) es un caso comparable al de Jenofonte por cuanto él también narró en tercera persona parte de los acontecimientos de los que había sido protagonista. Así actuó en sus Commentarii: siete libros sobre la guerra de las Galias, más dos (o tres) sobre la Guerra Civil.
De hecho, suele indicarse que este procedimiento narrativo (narrar acontecimientos protagonizados por uno mismo en tercera persona) debió de tomarlo César directamente de Jenofonte.

La obra de César contaba con antecedentes en la tradición: los hypomnémata (“memorias”) o los commentarii, distintos de la historia por su carácter puramente denotativo. A propósito de este tipo literario cabe decir que los políticos romanos convirtieron el comentario en un informe objetivo de sus hazañas que se publicaría para su propia justificación y para beneficio de sus descendientes.
  • En el Bellum Gallicum, César relata los acontecimientos de los años 58 a 52 a. C.; la obra culmina con la derrota de Vercingetórix en ese año. El Bellum Gallicum se publicó al año siguiente con una intención evidentemente propagandística: mostrar la dignitas de César y así facilitarle el camino al consulado del año 49 a. C.
  • Los siete libros de la obra, que ya estaba publicada en el 51 a. C., no debieron de ser escritos antes del 52. En esa fecha César debió de proceder a la redacción definitiva a partir de sus notas y de borradores previos. Cada uno de los siete libros trata de las acciones de un solo año. La estructura es, por tanto, muy sencilla, e igualmente es sencillo el estilo con que están escritos los Commentarii. De hecho, la obra produce una impresión general de sencillez, asepsia y objetividad.
  • Aunque, obviamente, César pudo maquillar en algún caso la realidad, o bien debió en otros casos simplemente construirla por falta de informaciones ciertas. Con todo, y aun tratándose de una obra con intención propagandística que narra sucesos tan próximos en el tiempo, la elaboración del Bellum Gallicum no es descarada. Importa destacar que

“los Commentarii [Bellum Gallicum] no son un documento de autoconocimiento y nos dicen poco de la vida personal de César” (Cambridge History of Ancient Literature II,318);

“los atractivos del hombre [de César], incluso su generosidad proverbial, no aparecen” (J. Bayet 178).

Por tanto, en el caso de Bellum Gallicum nos hallamos ante la misma duda que también se nos planteaba a la hora de valorar como autobiografía la Anábasis de Jenofonte.

Los libros de la Guerra Civil tratan los acontecimientos de los años 49 y 48 a. C. Es una obra incompleta (faltan acontecimientos del 48) y más imperfecta que los libros sobre la Guerra de las Galias.

Aunque estos últimos libros debieron de ser escritos en el 47 a. C., pese a la proximidad a los sucesos y la implicación personal de César en los mismos, la objetividad de la obra es apreciable, según se puede constatar por comparación con lo que nos dicen sobre los hechos otros autores (Cicerón, Asinio Polión, Livio).