sábado, 10 de diciembre de 2011

LITERATURA GRIEGA: LAS CLAVES DEL CANON


El 29 de noviembre pasado tuve la suerte de poder participar en la Universidad de Valladolid en un debate sobre el canon de las literaturas de la Antigüedad. A ese acto fui invitado por el profesor Juan Signes Codoñer, quien moderó la discusión, en la que tuve como colega al profesor Ferrán Grau Codina, de la Universitat de València

Antes del debate propiamente dicho cada uno de los dos ponentes hizo una exposición breve de media hora. La primera parte del texto en el que se basó la mía es lo que presento, reelaborado, en este post. El texto que recogerá la versión definitiva de mi colaboración se ha de publicar, en 2012, en Minerva, revista de Filología Clásica de la Universidad de Valladolid.



La definición número 9 de canon que ofrece el DRAE dice que canon es un “catálogo de los autores principales de un género de la literatura o el pensamiento tenidos por modélicos”. Aceptaré esta definición como punto de partida, aunque seguramente sea revisable.

Asimismo he de indicar de entrada que
  • considero la noción de canon polifacética; 
  • creo que, más que de canon, se ha de hablar de cánones, válidos de manera distinta según el objetivo que se persiga. 
En esta intervención plantearé cuáles son esos tipos posibles de canon y desarrollaré en detalle un caso concreto, el del “canon interno”.

Advierto desde un principio que no propondré otro canon, otra lista selectiva de la Literatura Griega. En su lugar concederé prioridad a la discusión de problemas y ejemplos.

En un mundo multicultural como el nuestro se entiende que es cada vez más difícil establecer un canon universal u occidental: ahí queda, para recordárnoslo, toda la polémica que despertó Harold Bloom, a finales del S. XX, con la publicación de El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas. 

Pero, en el caso de las literaturas escritas en una lengua determinada, quizá no esté tan fuera de lugar seguir hablando de cánones, especialmente en el ámbito académico.

En el caso concreto de la Filología Griega, la situación es incluso más favorable dado el carácter de corpus cerrado que tiene la Literatura Griega de la Antigüedad, a la que me voy a referir aquí.
  • Me atengo a ésta por tres motivos: 
Por una razón práctica, por no extender en exceso el objeto de estudio. 
Porque reconozco que la Literatura Bizantina y la Literatura Griega Moderna no son ninguno de mis puntos fuertes.
Y porque, por lo general, los grados de Filología Clásica vigentes en España les conceden una atención muy limitada a las Literaturas Griegas de esas dos épocas.
  • Pero, también indico que, quien defiende en su docencia que la lengua griega es un continuo desde las tablillas micénicas hasta el presente, deberá defender, en coherencia, el estudio unitario de toda la Literatura Griega. 
  • Así lo hizo, recuerdo, Constantinos Trypanis en una obra clásica: Greek Poetry, from Homer to Seferis. 

Antes anticipaba que, más que de canon, creo que se ha de hablar de cánones. En mi opinión se podrían proponer hasta cinco cánones de la Literatura Griega:

  • El canon escolar, concebido en función del aprendizaje de la lengua. 
  • El canon universitario, cuyo objetivo es que los estudiantes alcancen un conocimiento suficiente de la Literatura Griega. 
  • El canon externo, pensado en función de un público culto que se interesara por la Literatura Griega, sin ser un público de especialistas. 
  • El canon interno, próximo al canon universitario, del que hablaré después más en detalle. 
  • Y existe la posibilidad de hablar de un quinto canon, el canon no académico: el canon que cabe rastrear en la experiencia lectora de los autores de nuestra época. 
En relación con este último tipo sigo lo dicho por F. García Jurado (El arte de leer. Antología de la literatura latina en los autores del siglo XX), que es quien ha escrito sobre este tipo de canon no académico para el caso de la literatura latina.
  • Creo que, tal y como está planteado el libro de García Jurado, la cuestión puede atraer sobre todo a los interesados por la Literatura Comparada. 
  • A mí me interesa más plantearme si sería posible reconstruir, si es que lo hubo, el canon no académico de la literatura griega en la Antigüedad, basado en la experiencia lectora de los autores-lectores de aquella época, y ello a través de las citas y testimonios de esos mismos autores. 
Centrándome ya en el “canon interno”, cuyo comentario he diferido al presentar los cinco tipos de canon,
entiendo por tal un canon concebido en función de un objetivo: transmitir un conocimiento ajustado e integrador de la Literatura Griega. 
Lo que pretendo es proponer y discutir un “mapa de la Literatura Griega”. Entonces la cuestión es: ¿cuáles son los puntos de orientación que permiten trazar ese mapa?

Me temo que no sería honesto responder a esta pregunta en este lugar pues, en tal caso, podría faltar a mi compromiso con Minerva y la Universidad de Valladolid

Por honradez he de remitir al artículo que se publicará en la revista a quienes se interesen por conocer las seis claves de la Literatura Griega que propongo. Espero que lo que allí cuente satisfaga mínimamente a los interesados en asunto tan sugerente.


sábado, 29 de octubre de 2011

LAS CIRCUNSTANCIAS DE GRECIA DURANTE EL IMPERIO: SU REFLEJO CULTURAL


Cuando preparaba mi habilitación de titular desarrollé con gran ilusión este tema, concebido desde un enfoque integrador. Pero el juicio que formamos de nuestras empresas no coincide siempre con el juicio de los demás, y de hecho este es el post del blog que ha recibido menos visitas: 21 desde el 18 de diciembre de 2008.

El tema que se trata aquí es realmente importante. Por ello he decidido reformar aquella entrada, seguro que muy primeriza, y ofrecer esta nueva versión. Ojalá esté más acorde con lo que esperan los lectores de El festín de Homero.


La transformación del mundo griego, tal y como éste había sido entendido hasta época de Alejandro, se acentúa aún más a partir del momento en que el Oriente helénico pierde toda su autonomía frente al poder de Roma:
las fechas del 30 a. C., anexión de Egipto por Roma, o del 27, cuando Grecia se convierte en la provincia senatorial de Acaya, son significativas.
A su vez, en Roma había sido sustituido el sistema republicano por nuevas estructuras monárquicas en torno al cambio de eras.

Las transformaciones políticas, económicas y sociales, se dejaron notar consecuentemente en la literatura de estos cinco largos siglos de historia que etiquetaremos como “período imperial”.

En esta entrada me detendré en tres cuestiones generales que han de situarnos a todos ante las coordenadas de este momento:
  1. La historia de Grecia durante el Imperio (coordenadas históricas).
  2. Las características de la cultura griega en el nuevo período (coordenadas culturales).
  3. Los rasgos generales de la Literatura Griega en época imperial (coordenadas literarias).


1. LA HISTORIA DE GRECIA DURANTE EL IMPERIO

Las fases que pueden fijarse para la historia de Grecia durante el Imperio coinciden, por motivos obvios, con las fases reconocibles para la propia historia de Roma. Y la historia antigua estableció tradicionalmente, para lo que nosotros llamamos “Imperio Romano”, una división en dos subperíodos: Principado y Dominado.
  • En el Principado, durante más de doscientos años, se mantendrá la ficción de que el emperador no es más que un princeps, un primus inter pares.
  • Con el Dominado, a partir del año 284 (Diocleciano), desaparece tal ficción; a partir de aquí se entiende también que se abre la Antigüedad Tardía.
La Pax Romana y las ciudades griegas:
Comenzamos esta exposición sobre la historia de Grecia bajo el Imperio de Roma recordando que, al comienzo del Principado, la Pax Romana ofreció a Grecia un período de estabilidad, necesario para recuperarse de su situación crisis.

Nótese que, como resultado de las guerras civiles romanas (S. I a. C.),
  • se había producido una notable disminución de la riqueza en las ciudades griegas del Continente;
  • este hecho venía además precedido y acompañado por una disminución de la población desde el S. III a. C.
De hecho, en el cambio de eras había territorios de Grecia totalmente despoblados.


En el nuevo período, el Imperio se estableció en Oriente a través de las ciudades:
  • los romanos van estableciéndolas por todas partes y dotándolas de grandes responsabilidades;
  • gracias a ellas, el Estado consigue hacerse presente en todo el territorio.
Ha de pensarse además que, pese a lo que tantas veces se ha dicho sobre el supuesto complejo de superioridad de los griegos frente a los romanos, muchos ciudadanos de Oriente coadyuvaron en el establecimiento de las estructuras imperiales.

En agradecimiento a ello recibieron contrapartidas como, entre otras, la ciudadanía romana, sobre lo cual cfr. Halfmann, H., Die Senatoren aus dem östlichen Teil des Imperium Romanum bis zum Ende des 2. Jh. n. Chr., Gotinga, 1979.

Ha de hacerse notar que, como norma, un miembro de la clase alta en el Oriente griego (o helenizado) se sentía parte de tres realidades distintas y armónicas, que no entraban en contradicción:
  • el Imperio romano,
  • su ciudad o provincia
  • y la cultura (paideía) griega.
De hecho, la cultura (la paideía griega) fue un elemento de cohesión que mantuvo intacta su importancia en el Imperio (romano) y que vino incluso a sustituir entre las clases altas de Oriente el papel de otros méritos públicos, como los de la milicia.
Así lo comprobamos, de manera eminente, en el caso de los autores de la Segunda Sofística.


El Estado romano en la Antigüedad tardía:
A finales del S. III, en época de Diocleciano (284 – 305), el Imperio empezó a superar la situación de inestabilidad de que adolecía desde el final de la dinastía de los Severos (Alejandro Severo muere en 235).

Gracias a las nuevas medidas políticas adoptadas por Diocleciano y Constantino pudo sobrevivir al menos la parte oriental del Imperio hasta el S. XV.

Estas medidas consistieron básicamente en la adopción de una estructura centralista en la que el Emperador (ya no puede hablarse del “Príncipe”, ni como eufemismo) representaba el vértice de la pirámide política y social.

En las tareas de gobierno, el Emperador era asistido por un Consistorium, término significativo de la nueva realidad política por oposición a consilium (principis).

Paralelamente se advierte el intento de crear una “religión del estado” a partir de las antiguas tradiciones. Parte de esta política religiosa consiste en la supresión de aquello que pudiera considerarse como ataque a la religión pagana: de ahí que Diocleciano reactivara las persecuciones contra los cristianos.
Lo paradójico es que, en el S. IV, quien desempañará el papel de “religión del estado” será el Cristianismo, perseguido hasta poco antes. Los primeros intentos de prohibir los cultos paganos se produjeron en el 354, si bien la prohibición de los mismos no llegó hasta el 391 / 392 con Teodosio. Entre medias de este proceso, Juliano (331 – 363) quiso revitalizar las tradiciones antiguas, pero su intentona se quedó en un mero episodio.
Más aún, en este período de la llamada “Antigüedad Tardía” se produjeron cambios importantes en la estructura social:
  • en el campo disminuyó el número de campesinos libres, que vinieron a convertirse en “colonos” (que arrendaban la tierra a un amo);
  • las ciudades perdieron también libertad frente al estado, que llegó a controlar y restringir por ley aspectos como los cambios de empleo (estrictamente prohibido, p. ej., para los panaderos);
  • se produjo también el deterioro de las clases altas, depauperadas pero obligadas a seguir apoyando económicamente a la ciudad y al estado; de esta manera, los individuos que integraban la clase de los llamados “decuriones” se convirtieron en “honoratiores sin honor” (cfr. Martin 1995).
Además, la situación se agravó por el papel de los senadores que integraban el senado imperial sin necesidad de residir en Roma o Bizancio. Grandes latifundistas, residían en sus propiedades del campo como “eminencias grises” que cortocircuitaban el estado y tomaban en su nombre todas las decisiones, dejando sin función a las elites de las ciudades.

Ha de observarse que presentar la Antigüedad Tardía como una época de puro declive es, muy posiblemente, una simplificación:
  • el S. IV es el momento en que se funda una nueva capital del Imperio en Oriente;
  • la polémica entre paganos y cristianos se tradujo en una producción literaria importante;
  • el S. IV no renunció a las señas de identidad del sistema educativo propio de los primeros siglos del Imperio.


2. LAS CARACTERÍSTICAS DE LA CULTURA GRIEGA EN EL NUEVO PERÍODO

Que el centro de la vida política se desplazara decididamente hacia Occidente no implicó en absoluto un abandono de los rasgos definitorios de la cultura griega tradicional. La situación fue, de hecho, bien diferente.
  • Por una parte, la actitud filohelénica de emperadores como Adriano o los Antoninos ayudó de manera decidida a evitar el declive cultural de Grecia.
  • Aunque también se ha de reconocer que, en ocasiones, nos hallamos ante un filohelenismo interesado o, lo que es lo mismo, una instrumentalización de la cultura por la política.
  • Por otro lado, lo cierto es que durante siglos, durante el dominio de Grecia por Roma y después, se siguió transmitiendo la paideía clásica – aunque, eso sí, con ciertas características peculiares.

Parece que estamos obligados a hablar del sistema de educación en la Grecia imperial y de cómo ese sistema garantizó la pervivencia de la cultura griega tradicional – y de cómo pudo mediatizar también la producción literaria del período.
Alguna referencia fundamental sobre la educación antigua:
Marrou, H.-I., Historia de la educación en la Antigüedad, Madrid, 1985 (Histoire de l'éducation dans l'antiquité, París, 1964, 6ª ed.).
Y, como trabajos más recientes:
Christes, J.; Klein, R., y Lüth, Chr. (eds.), Handbuch der Erziehung und Bildung in der Antike, Darmstadt, 2006.
Too, Y.L. (ed.), Education in Greek and Roman Antiquity, Leiden, 2001.
Recuerdo que, en época imperial, la escuela griega estaba estructurada en tres niveles:
  1. el de la escuela elemental;
  2. el de la escuela de gramática (nivel intermedio: el gymnásion);
  3. y el que aquí más nos interesa, el de la “escuela superior”.
En esta “escuela superior”, el joven se convertía en alumno de un rhétor o sophistés que le instruía de manera sistemática en el arte de la oratoria.
Nótese que ya en la escuela de gramática los alumnos habían debido de iniciarse en la retórica. Para ello contaban con los Progymnásmata y con una serie reglada de ejercicios preparatorios, que comenzaban, p. ej., con la prosificación de una fábula en verso.
Las escuelas superiores en que se trabajaba sobre retórica atendían a tres materias (podríamos decir, el trivium retórico):
  • Teoría sobre retórica: la teoría recogida en las téchnai rhetorikaí, en las que se trabajaba sobre las cinco partes de la retórica – en latín, inuentio, dispositio, elocutio, memoria, pronuntiatio.
  • Estudio de textos que servían como modelo: el esfuerzo se concentraba en los oradores áticos – lo cual, a su vez, retroalimentaba la importancia indiscutible de ese canon.
  • Ejercicio práctico: consistía en la elaboración de discursos ficticios para diversas circunstancias – éstos son las melétai o declamationes, de las que conservamos un amplio corpus.
En relación con las declamationes ha de hacerse observar un hecho que a nosotros nos puede parecer llamativo: sus temas se concentran siempre en la época clásica, como si la historia de Grecia se hubiese acabado con el advenimiento de Alejandro.

A la vista de este panorama educativo se entiende que, en el Oriente del Imperio, se pudiesen mantener unos mínimos culturales y educativos altos aunque quizá no igualmente productivos. El autor que se había formado en este modelo clásico
  • estaba formado fundamentalmente en aspectos retóricos;
  • seguía contando como únicos referentes culturales vivos los grandes modelos de época clásica.
A partir de esta base pueden explicarse muchos rasgos de la literatura griega del Imperio.


3. RASGOS GENERALES DE LA LITERATURA GRIEGA EN ÉPOCA IMPERIAL

Como rasgos principales de la Literatura Griega de época imperial creo que han de destacarse los siguientes:
  • la fosilización lingüística,
  • el predominio de la prosa y la retórica,
  • el estancamiento de las formas poéticas
  • y la regresión reiterada a los referentes literarios del pasado.
En otro orden de cosas debe considerarse también como característica de la literatura imperial la irrupción paulatina de una nueva temática, de oposición o apoyo al Cristianismo. Pero
  • De quienes se oponen o apoyan al Cristianismo en sus obras literarias hablaremos a medida que surja este tema en entradas sucesivas.
  • Aquí y ahora nos centraremos en las tres últimas características de la literatura griega imperial que se acaban de citar: lo que se refiere a la fosilización lingüística lo comento en la entrada .
I. El predominio de la prosa y la retórica:


El período imperial es una época marcada por el predominio de la prosa: el papel preponderante que les corresponde a los géneros poéticos en el Helenismo lo ocupan ahora los géneros en prosa. Por ello, los autores más relevantes de este momento son prosistas; cfr. algunos nombres significativos, ordenados por género:
  • Plutarco
  • Dión de Prusa
  • Luciano
  • Libanio
  • Juliano
  • Dión Casio
  • Pausanias
  • Plotino
  • Caritón
  • Jenofonte
  • Aquiles Tacio
  • Longo
  • Heliodoro...
Estos cinco últimos son además los representantes con obra transmitida de un nuevo género en prosa que surge en este momento: la novela, género de evasión para intelectuales, según el planteamiento que hace Luciano al principio de sus Relatos verídicos.

Pero de los géneros en prosa cultivados en la época el más característico es el de la retórica:
  • En este período se escriben tratados sobre el tema, como los de Demetrio o Dionisio de Halicarnaso; a la misma categoría pertenece, en buena medida, el de “Longino”.
  • Pero hablar de retórica en el período imperial es hablar, sobre todo, de la corriente llamada “Segunda Sofística”:
Los rétores del momento (Dión de Prusa, Elio Aristides, Luciano…) son los nuevos “sofistas”, de acuerdo con el término aplicado a ellos por Filóstrato (en su Vida de los sofistas).
Desempeñaron un papel importante en la vida pública del Imperio pues se convirtieron en consejeros de emperadores y auténticas estrellas populares (“mediáticas”) gracias a sus declamaciones públicas.
Sobre la Segunda Sofística, mira las entradas 48. La Segunda Sofística: de Dión de Prusa a Filóstrato, 49. Luciano, 50. Segunda Sofística y epistolografía. La Segunda Sofística en el período tardío.
  • Por otra parte, ha de valorarse que el retoricismo imperante dejó su huella en los restantes géneros en prosa, según se aprecia p. ej., en el caso de la novela, en Longo, bautizado como “Sofista”.
  • Más aún, el retoricismo se extendió también a los géneros poéticos, según ha indicado la crítica para las obras de los dos Opianos: las Haliéuticas y las Cinegéticas (mira 45. Poesía de época imperial).
II. El estancamiento de las formas poéticas:

En cambio, la poesía recibió un cultivo sensiblemente menor, sobre todo por comparación con la situación del Helenismo.
Es sintomático que en la obra colectiva de Literatura Griega coordinada por López Férez se dediquen 200 pp. a la literatura imperial y sólo 12 a la poesía.
Posiblemente, ningún poeta de la época será conocido por el público culto, salvo Museo – aunque el “público culto ideal” estará seguramente más familiarizado con la “fábula de Hero y Leandro” que con el propio Museo.

Se ha de hacer observar, además, que en la época no se crearon géneros poéticos nuevos, salvo que queramos considerar como tal el epigrama escóptico de Lucilio, epigrama satírico de invectiva y burla:
  • Conservamos unos 110 poemas del autor en la Antología Palatina.
  • Significativamente, estos epigramas de Lucilio han debido de ejercer un gran influjo sobre Marcial.
Un buen indicio de que los años del Imperio fueron malos tiempos para la poesía lo constituye el hecho de que algunos géneros como el encomio y el himno pasaron de la forma poética a la forma en prosa. En efecto, la Literatura Griega nos ha transmitido diversos “himnos en prosa”, posibilidad desarrollada también al amparo de la Retórica.
  • El ejemplo por excelencia de este tipo de himno (en realidad: un encomio dirigido a un dios) lo constituye una serie de textos (diez) compuestos en el S. II por Elio Aristides (37-46 Keil): mira 48. La Segunda Sofística: de Dión de Prusa a Filóstrato.
  • La bibliografía relativa al himno ha destacado que este himno en prosa es respetuoso con las características del género, p. ej. en relación con la estructura trimembre:
invocación – sección media – conclusión (precatio)
III. La regresión reiterada a los referentes literarios del pasado:

La fosilización lingüística de que hablábamos al principio de este punto vino acompañada por el anquilosamiento en los temas y modos de expresión. Cierta impresión general que puede producir la literatura imperial, especialmente la poesía, es la de que
  • sus cultivadores prefirieron regresar una vez y otra a los referentes del pasado
  • en lugar de intentar animar su evocación y lograr resultados nuevos combinando tradición e innovación.
Un ejemplo clásico del “uso pobre” que se hizo de la tradición lo vemos en el caso de las Anacreónticas, composiciones de época imperial destinadas, según parece, al contexto del simposio y escritas imitando el estilo de Anacreonte.

Debo advertir de que
  • lo más atractivo de la literatura de la Grecia antigua no se halla, parece, en los dos últimos siglos antes de Cristo o en los primeros de la era cristiana;
  • pero, aun así, es enorme el interés cultural de lo que se escribió en aquel período.
Lo anterior puede servir como consuelo científico aunque quizá no alcance a despertar en el “público culto ideal” un interés notable por la obra de los autores imperiales.

Con todo, quiero terminar recordando que, en ocasiones, la literatura imperial puede depararnos sorpresas, también dentro del género de la épica. Lo cierto es que en la tradición ha tenido una importancia notable el más breve de los poemas épicos del momento, Hero y Leandro:
  • El tema del Hero y Leandro lo reelabora, en época bizantina, Nicetas Eugeniano.
  • Y, en época moderna y contemporánea, Marlowe, Góngora, Lope de Vega, Hölderlin...: son sólo algunos ejemplos.
Más aún, la sombra de la denostada literatura imperial puede ser tan alargada como para que alcance hasta el siglo XX, según muestra mi último ejemplo:
Milorad Pavic (1929-), novelista serbio, autor de La cara interna del viento o de la obra que aquí nos interesa: La novela de Hero y Leandro (1991).
Para los eventuales interesados: se publicó en Madrid, Espasa-Calpe, 1993.



ALGUNAS REFERENCIAS:

* Sobre la historia de Grecia durante el Principado:
BOWERSOCK, G.W., Augustus and the Greek World, Oxford, 1965.
FOLLET, S. (ed.), L'hellénisme d'époque romaine: nouveaux documents, nouvelles approches, Ier s. a. C-IIIe s. p. C., París, 2004.
GALINSKY, K. (ed.), The Cambridge Companion to the Age of Augustus, Cambridge-Nueva York, 2005.
GASCÓ, F., Ciudades griegas en conflicto (S. I-III d.C.), Madrid, 1990.
HALFMANN, H., Die Senatoren aus dem östlichen Teil des Imperium Romanum bis zum Ende des 2. Jh. n. Chr., Gotinga, 1979.
JONES, A.H.M., Cities of the Eastern Roman Provinces, Oxford, 1971 (2ª ed.).
KALLET-MARX, R.M., Hegemony to Empire: The Development of the Roman "Imperium" in the East from 148 to 62 B.C., Berkeley-Los Angeles-Oxford, 1995.
MARTIN, J., Spätantike und Völkerwanderung, Múnich, 1995 (3ª ed.).
* Sobre las características de la cultura griega en el nuevo período:
- Plekos:
http://www.plekos.uni-muenchen.de [publicación on-line sobre la comunicación y sus estructuras en la Antigüedad Tardía; se gestiona desde la Universidad de Múnich (Prof. Dr. Martin Hose)].
BOWERSOCK, C.W., “Greek Intellectuals and the Imperial Cult in the Second Century A.D.”, en AA.VV., Le culte des souverains dans l'Empire Romaine, Ginebra, 1972, pp. 177-212.
DODDS, E.R., Pagan and Christian in an Age of Anxiety, Cambridge, 1965.
* Rasgos generales de la Literatura Griega en época imperial:
BRIOSO, M., “Literatura imperial. Introducción”, en J.A. López Férez (ed.), Historia de la Literatura Griega, Madrid, 1988, pp. 989-992.
PALM, J., Rom, Römertum und Imperium in der griechischen Literatur der Kaiserzeit, Lund, 1959.
REARDON, B.P., Courants littéraires grecs des IIe et IIIe siècles après J.-C., París, 1971.
SIRINELLI, J., Les enfants d'Alexandre: Le littérature et la pensée grecques 334 av. J.-C. – 519 ap. J.-C., París, 1993.
VAN GRONINGEN, B.A., “General Literary Tendences in the Second Century A.D.”, Mnem 18 (1965), pp. 41-56.
WHITMARSH, T., Greek Literature and the Roman Empire: The Politics of Imitation, Oxford, 2004.





lunes, 24 de octubre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA EN LA ANTIGÜEDAD: JENOFONTE DE ATENAS


Lo cierto es que, para ser un autor por el que tuve tan poco afecto, son ya unas cuantas las entradas del blog en las que hablo de Jenofonte. Aquí le toca el turno, claro, a Jenofonte en cuanto escritor autobiográfico.



JENOFONTE: LA ESCRITURA AUTOBIOGRÁFICA EN TERCERA PERSONA


Incluyo en esta serie de entradas a Jenofonte de Atenas en atención a una de sus obras historiográficas, la Anábasis
Para traducción, cfr. Bach Pellicer, R. (trad.), Jenofonte. Anábasis, Madrid, Gredos, 1982. 
Empezaremos recordando ciertos datos de la biografía de Jenofonte:

  • Nació hacia el 430 a. C. en Atenas. 
  • Debió de ser educado por el sofista Pródico; parece que después fue discípulo de Sócrates: sobre su relación con éste, cfr. Anábasis III 1, 5 ss. 
  • Tuvo algún tipo de intervención relevante durante el mandato de los Treinta Tiranos (políticamente él era de tendencias oligárquicas). 
  • En el 401 a. C. participó en la llamada “expedición de los diez mil”: 13000 mercenarios auxiliaron a Ciro el Joven, en lucha con su hermano Artajerjes II por el trono de Persia; a tenor del texto de la Anábasis (cfr. I 1, 11; I 3, 1; I 4, 11), los expedicionarios no debían de conocer al principio las verdaderas intenciones del pretendiente. 
  • Ciro murió en combate (en la batalla de Cunaxa, que sus tropas ganaron en vano). Al ser asesinados a traición los cinco jefes de la expedición que capitaneaba el espartano Clearco, Jenofonte se convirtió en uno de los líderes que condujeron a los mercenarios de vuelta a Bizancio: el viaje duró cinco meses, los supervivientes fueron 7000 y la expedición la relató en la Anábasis
  • En el 396 a. C. Jenofonte conoció en Asia Menor a Agesilao, rey de Esparta, con quien trabó amistad (puso por escrito su vida en el Agesilao, una de las primeras biografías de Grecia). Jenofonte acompañó a Agesilao en su lucha contra los sátrapas persas y ¡contra los propios atenienses! (como mercenario: en la batalla de Coronea, 394 a. C.). 
  • Posiblemente a raíz de esto (¿o quizá ya de antes, por haber participado en la expedición junto a Ciro, considerado como enemigo de Atenas?), Jenofonte fue desterrado y sus bienes confiscados: se retiró a una hacienda de Escilunte (en Olimpia), premio que le concedieron los espartanos por los servicios prestados; allí nacieron sus dos hijos. De la finca habla con detalle en Anábasis V 3, 7. 
  • En esta hacienda Jenofonte se dedicó a la composición de sus obras, desde una perspectiva hostil a la democracia de Atenas y con simpatía abierta por los gobiernos autoritarios (como el de Esparta) – esta actitud política queda muy bien reflejada en una de sus obras menores, la Constitución de Esparta. 
  • Tras la derrota de Esparta ante los eleos en el 371 a. C., Jenofonte abandonó Escilunte, pasó a Lepreo y posteriormente a Corinto. 
  • Hacia el 365 a. C. (¿antes quizá?) Atenas anuló el decreto de destierro: sus hijos (no sabemos si el propio Jenofonte) volvieron al Ática: el mayor murió luchando por Atenas en la batalla de Mantinea (362 a. C.). 
  • Jenofonte debió de morir con unos 70 años, después del 355 a. C., en fecha y lugar inciertos. 

* Al parecer conservamos todas sus obras literarias, aunque la datación de las mismas es muy poco segura. Estas obras se dejan agrupar en obras historiográficas, socráticas y obras menores. De todas ellas, las que interesan a nuestro tema son las obras historiográficas, y en concreto la Anábasis.

La Anábasis relata en siete libros la “Expedición de los diez mil”: esa división en siete libros no debe de proceder del autor sino de época posterior, al igual que los resúmenes que preceden a cada libro.

La Anábasis de Jenofonte es la segunda obra de este título: es anterior el texto del general Soféneto de Estínfalo (otro miembro del contingente, repetidamente aludido por Jenofonte), que cayó en el olvido después de la divulgación de nuestra obra.

El sentido del término anábasis es el de “ascensión”, “subida” (desde la costa hasta el interior de un país).
  • Efectivamente, la obra narra la ascensión de los diez mil desde Sardes hasta el interior de Persia: pero el relato de ese acontecimiento sólo ocupa los seis primeros capítulos de la obra (I 2 – 6). 
  • Sigue a la anábasis propiamente dicha el relato del enfrentamiento entre Ciro el Joven y Artajerjes II en la batalla de Cunaxa: I 7 – 8; dentro de este episodio se menciona por primera vez a “Jenofonte de Atenas” (I 8, 15), en conversación con Ciro. 
  • Pero lo que ocupa la mayor parte de la obra es el relato de la retirada de los mercenarios griegos: una retirada de 4000 Km. en la que atravesaron las tierras de los carducos (hoy, curdos) y Armenia hasta llegar al Mar Negro (a Trapezunte, según se cuenta a finales del libro IV). 
  • Con todo, Jenofonte aún alarga la narración otros tres libros hasta el momento en que sus tropas se reúnen con las del espartano Tibrón (VII 6, 1). 
Es importante llamar la atención sobre el hecho de que Jenofonte no es un historiador imparcial: en este sentido hay diferencias notables entre Jenofonte y Tucídides, según ha destacado a menudo la crítica. Jenofonte maquilla la realidad e intenta constantemente situarse en el primer plano:
  • Por ello mengua el papel del espartano Quirísofo, que era quien estaba realmente al mando del contingente. En una ocasión habla de un enfrentamiento Jenofonte – Quirísofo e indica que es el único que se dio entre los dos: IV 6, 1 – 3; cfr. además los términos de la discusión en IV 6, 14 – 16. 
  • Jenofonte se presenta además a sí mismo como salvador de los griegos; él es quien toma la iniciativa tras la muerte de los generales y se ofrece a conducir a los griegos de vuelta a Grecia en III 1, 15 – 26. Sobre el carácter providencial de su figura, cfr. p. ej. IV 3, 8 – 16. 
  • En la narración es él el que adopta los puntos de vista acertados, y el que, en las deliberaciones, recibe el mayor apoyo de los soldados. Es significativa p. ej. el debate sobre cómo han de continuar a partir de Trapezunte; cfr. cómo manipula Jenofonte la asamblea en V 1, 2 – 14. 
  • Cfr. cómo Jenofonte le quita el protagonismo a Quirísofo en el episodio siguiente: III 4, 38 – 49. 
Otros autores que escribieron sobre la expedición de Ciro el Joven manipularon la historia en sentido inverso. Éste debió de ser el caso de Éforo, discípulo de Isócrates; Éforo debió de ser fuente de Diodoro de Sicilia, y ello explica que Jenofonte esté ausente del relato de la expedición que escribió Diodoro (XIV 19 – 31).

Por otro lado, parece que el propio Jenofonte intentó menguar su personalismo y aparentar objetividad escribiendo su historia en tercera persona: los primeros receptores de la obra tenían que pensar que era alguien independiente quien hablaba de la expedición y escribía los hechos de Jenofonte. Por ello debió de dar a conocer la obra bajo un pseudónimo; éste es el de Temistógenes de Siracusa, a quien se refiere la primera persona que aparece a veces en la obra:
Lo que escribí [yo, Temistógenes] de que el Rey se asustó con este avance era evidente (II 3, 1). 
A este Temistógenes alude Jenofonte en las Helénicas (III 1, 2) y se refiere a él como autor de una Anábasis: PERO lo cita y la cita coincide textualmente con la de su propia Anábasis. Ya Plutarco (De gloria Atheniensium 345 e) consideró que todo esto era un artificio y que Temistógenes era en realidad el nombre bajo el que Jenofonte publicó su obra, al objeto de dar impresión de imparcialidad. Desde Plutarco, la crítica acepta (prácticamente sin excepciones) su intuición.

Con todo, también cabe pensar que la adscripción de la obra a Temistógenes de Siracusa pudo obedecer a lo que podríamos llamar “motivos editoriales”: como Jenofonte estaba desterrado de Atenas, quizá tuvo que publicar su obra bajo pseudónimo, para poder darla a conocer en su ciudad.

Una cuestión emparentada con la del personalismo de Jenofonte es su supuesto carácter tendencioso (todavía más marcado en las Helénicas que en la Anábasis). Éste es otro lugar común de la crítica sobre Jenofonte. Al respecto cfr. este comentario de García Gual (p. 23 en la traducción de Bach Pellicer):
La tendencia apologética es patente, creemos, a lo largo de la narración. Lo que no quiere decir que sea un relato tendencioso. Jenofonte escribe sus recuerdos personales de la expedición, a más de veinte años tal vez, apoyándose quizás en algunos apuntes o un diario de viaje. Pero escribe con un propósito mucho más amplio que el de redactar un escrito exculpatorio o laudatorio. Si la Anábasis tiene algo de “rendición de cuentas”, es también una “rendición de cuentas” consigo mismo, una rememoración orgullosa y sincera de su pasado.

En el caso de la Anábasis nos encontramos con una narración en la que el autor (no el narrador) desempeña un papel importante. Es cierto que nos hallamos ante un cierto tipo de escritura autobiográfica: ahora bien, los rasgos autobiográficos presentes en la obra, ¿bastan para considerarla como una autobiografía de Jenofonte de Atenas?

Dejamos abierta la cuestión hasta llegar al momento de las conclusiones definitivas.


C. JULIO CÉSAR (101 – 44 a. C.) es un caso comparable al de Jenofonte por cuanto él también narró en tercera persona parte de los acontecimientos de los que había sido protagonista. Así actuó en sus Commentarii: siete libros sobre la guerra de las Galias, más dos (o tres) sobre la Guerra Civil.
De hecho, suele indicarse que este procedimiento narrativo (narrar acontecimientos protagonizados por uno mismo en tercera persona) debió de tomarlo César directamente de Jenofonte.

La obra de César contaba con antecedentes en la tradición: los hypomnémata (“memorias”) o los commentarii, distintos de la historia por su carácter puramente denotativo. A propósito de este tipo literario cabe decir que los políticos romanos convirtieron el comentario en un informe objetivo de sus hazañas que se publicaría para su propia justificación y para beneficio de sus descendientes.
  • En el Bellum Gallicum, César relata los acontecimientos de los años 58 a 52 a. C.; la obra culmina con la derrota de Vercingetórix en ese año. El Bellum Gallicum se publicó al año siguiente con una intención evidentemente propagandística: mostrar la dignitas de César y así facilitarle el camino al consulado del año 49 a. C.
  • Los siete libros de la obra, que ya estaba publicada en el 51 a. C., no debieron de ser escritos antes del 52. En esa fecha César debió de proceder a la redacción definitiva a partir de sus notas y de borradores previos. Cada uno de los siete libros trata de las acciones de un solo año. La estructura es, por tanto, muy sencilla, e igualmente es sencillo el estilo con que están escritos los Commentarii. De hecho, la obra produce una impresión general de sencillez, asepsia y objetividad.
  • Aunque, obviamente, César pudo maquillar en algún caso la realidad, o bien debió en otros casos simplemente construirla por falta de informaciones ciertas. Con todo, y aun tratándose de una obra con intención propagandística que narra sucesos tan próximos en el tiempo, la elaboración del Bellum Gallicum no es descarada. Importa destacar que

“los Commentarii [Bellum Gallicum] no son un documento de autoconocimiento y nos dicen poco de la vida personal de César” (Cambridge History of Ancient Literature II,318);

“los atractivos del hombre [de César], incluso su generosidad proverbial, no aparecen” (J. Bayet 178).

Por tanto, en el caso de Bellum Gallicum nos hallamos ante la misma duda que también se nos planteaba a la hora de valorar como autobiografía la Anábasis de Jenofonte.

Los libros de la Guerra Civil tratan los acontecimientos de los años 49 y 48 a. C. Es una obra incompleta (faltan acontecimientos del 48) y más imperfecta que los libros sobre la Guerra de las Galias.

Aunque estos últimos libros debieron de ser escritos en el 47 a. C., pese a la proximidad a los sucesos y la implicación personal de César en los mismos, la objetividad de la obra es apreciable, según se puede constatar por comparación con lo que nos dicen sobre los hechos otros autores (Cicerón, Asinio Polión, Livio).





martes, 18 de octubre de 2011

EL SIGLO DE PERICLES. LA ILUSTRACIÓN. SÓCRATES Y LA SOFÍSTICA



Ésta es la primera de las entradas que dediqué, en abril de 2009, a la literatura griega de época clásica. En ella se habla del contexto histórico y cultural del momento; y se presta especial atención
  • a los acontecimientos políticos del siglo V a. C., 
  • al fenómeno conocido como Ilustración y a las personalidades de los sofistas 
  • y, sobre todo, a Sócrates.


1. CARACTERÍSTICAS HISTÓRICAS DEL S. V A. C.

Sobre las características históricas del S. V a. C. se ha de recordar que, a finales del siglo sexto (508 a. C.), las reformas de Clístenes habían introducido en Atenas un régimen democrático.

El dato es relevante; quizá la aparición de la democracia sea incluso la causa de que, en el siglo quinto, Atenas se convierta en capital cultural de toda la Hélade.

Esta Atenas democrática verá sucederse formas distintas del régimen político, al frente del cual se situarán figuras como
  • Milcíades,
  • Temístocles,
  • Cimón,
  • Efialtes (representante de la democracia radical)
  • y Pericles, quien da su nombre a la época (cfr. Bowra 1974).
Para la formación de la identidad ateniense desempeñaron además un papel importante las guerras médicas libradas contra los persas. De los políticos antes citados, Milcíades intervino en la primera (490), mientras que Temístocles lo hizo en la segunda (480 / 479).



2. LA “ILUSTRACIÓN” GRIEGA. LA SOFÍSTICA

Desde principios de la época contemporánea ha venido conociéndose el período de que hablamos como el momento de la “Ilustración” griega.

Este movimiento de “Ilustración” fue inaugurado en Atenas por Anaxágoras, quien, como se explica en  , introdujo la filosofía en la ciudad del Ática.
A él alude, por cierto, Platón en su Apología de Sócrates, donde nos refiere (cfr. 26 d 6) cómo su maestro fue confundido con la línea de pensamiento que representaba este filósofo y, en último término, con los sofistas.
A los sofistas se hace también alusión en la entrada , donde se comentan las diferencias existentes entre el pensamiento de éstos y sus contemporáneos, los atomistas.

Quiero destacar tres aspectos significativos de los sofistas:
  • Sus rasgos de identidad externos, como el hecho de que ejercieran su magisterio de manera ambulante, atrayendo a su lado a jóvenes acaudalados de quienes recibían grandes sumas a cambio de sus enseñanzas.
  •  Su vinculación con el momento político de la democracia, situación nueva que requería nuevas aptitudes en aquéllos que desearan destacar dentro de la pólis (sobre los sofistas como maestros de retórica, teóricos y maestros de la palabra, mira la entrada).
  • Su actitud revisionista con respecto a la tradición anterior, que será cuestionada y relativizada de maneras diversas, especialmente a través del contraste que ahora se establece entre naturaleza y convención, phýsis y nómos.


3. SOFISTAS DESTACADOS: PROTÁGORAS DE ABDERA. GORGIAS

Del planteamiento de las características generales de la Sofística se pasa a tratar de algunos sofistas destacados.

Convendrá mencionar los nombres de personajes como
  • Hipias de Élide (segunda mitad del S. V a. C.) 
  • o su contemporáneo Pródico de Ceos.
Asimismo conviene incluir una mención a los tratados anónimos conocidos como Dissoì lógoi. 

Con todo, es obvio que las dos figuras más destacadas de la corriente son Protágoras de Abdera (481 – 411) y Gorgias de Leontino (ca. 485 – 390 a. C.).

Protágoras es conocido en la tradición occidental, ante todo, por la máxima relativa al hombre como medida de todas las cosas (fr. DK 80 B 1); conviene destacar, con todo, que la frase de Protágoras no ha de ser entendida como justificación de cualquier tipo de relativismo.

Se ha de destacar lo que se puede reconstruir de las ideas de Protágoras sobre el conocimiento y sus límites a partir de los fragmentos de sus escritos (La Verdad, Sobre los dioses).

Importante recordar su papel como maestro de retórica, en concreto de erística, del “arte de disputar”: escribió una obra con ese título.

De Gorgias en tanto que maestro de retórica se habla, fundamentalmente, en la entrada .

Aquí me refiero tan sólo a que hay lugares de su obra de mayor interés para la historia de las ideas; en este sentido es fundamental referirse a su escrito Sobre el no ser, tratado polémico en que se enfrenta a las tesis de Parménides y el monismo (mira Newiger 1973).



4. SÓCRATES

Aunque a nosotros nos resulte extraño, a ojos de los atenienses del momento no les debía de ser perceptible ninguna diferencia entre Sócrates (469 – 399) y sus contemporáneos los sofistas; así parece indicarlo el texto de la Apología al que se ha hecho antes referencia.

Es muy posible que esta identificación popular del maestro de Platón con el movimiento sofístico explique también la condena a muerte con que se encontró Sócrates, chivo expiatorio de la catástrofe del 404, cuando se produjo la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso.

Recordamos la ausencia de obras compuestas por Sócrates: el diálogo en cuanto conversación oral fue la única forma escogida por este filósofo para expresar su pensamiento.

Al tiempo se ha de indicar que, a partir de los escritos de sus discípulos (Antístenes, Esquines de Esfeto, Jenofonte, Platón), es posible reconstruir algunas características básicas de su manera de enseñar.
A estos rasgos esenciales pertenecen
  • la negación del propio conocimiento,
  • la crítica destructiva de las opiniones ajenas,
  • la argumentación por analogía
  • el valor supremo concedido a la bondad moral.
Mira más sobre la cuestión del diálogo socrático en .




ALGUNAS REFERENCIAS:

* Sobre características históricas del S. V a. C.:
ADRADOS, F.R., Ilustración y política en la Grecia clásica, Madrid, 1966.
ADRADOS, F.R., La democracia ateniense, Madrid, 1975.
ADRADOS, F.R., Democracia y literatura en la Atenas clásica, Madrid, 1997.
BOWRA, C.M., La Atenas de Pericles, Madrid, 1974 (Periclean Athens, Londres, 1971).
FLACELIERE, R., La vida cotidiana en Grecia en el Siglo de Pericles, Buenos Aires, 1959 (La vie quotidienne en Grèce au Siècle de Périclès, París, 1959).
HORNBLOWER, S., El mundo griego, 479-323 a.C., Barcelona, 1985 (The Greek World, 479-323 b.C., Londres, 1983).

* Sobre la Sofística:
CALVO, J.L., “Los sofistas”, en J.A. López Férez (ed.), Historia de la Literatura Griega, Madrid, 1988, pp. 598-612.
GOMPERZ, H., Sophistik und Rhetorik, Leipzig, 1912.
GUTHRIE, W.K.C., Historia de la filosofía griega. III. Siglo V. Ilustración, Madrid, 1988 (A History of Greek Philosophy. III. The Fifthcentury Enlightment, Cambridge, 1969).
KERFERD, G.B., The Sophistic Movement, Cambridge, 1981.
MELERO, A. (trad.), Sofistas, testimonios y fragmentos, Madrid, 1996.
NEWIGER, H.-J., Untersuchungen zu Gorgias’ Schrift Über das Nichtseiende, Berlín-Nueva York, 1973.
PATZER, A., Der Sophist Hippias als Philosophiehistoriker, Freiburg-Múnich, 1986.
ROMILLY, J., Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles: una enseñanza nueva que desarrolló el arte de razonar, Barcelona, 1997 [1988].
SÁNCHEZ MANZANO, M.ªA., y RUS RUFINO, S., Introducción al movimiento sofístico griego, León, 1991.
SOLMSEN, F., Intellectual Experiments of the Greek Enlightenment, Princeton, 1975.
UNTERSTEINER, M., I Sofisti, Turín, 1949.

* Sobre Sócrates:
AHBEL-RAPPE, S., y KAMTEKAR, R. (eds.), A Companion to Socrates, Oxford, 2005.
ALEGRE, A., La Sofística y Sócrates, Barcelona, 1986.
TOVAR, A., Vida de Sócrates, Madrid, 1999 [1947].




miércoles, 12 de octubre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA EN LA ANTIGÜEDAD: EL CAMPO DE ESTUDIO


Después de plantear los preliminares del tema de la Autobiografía en la Antigüedad en la entrada anterior, intento acotar aquí el campo de estudio.


El primer ejemplo de escritura autobiográfica en Grecia es posiblemente, el de Hesíodo, Teogonía 22-34 (¿primera mitad S. VII a. C.?). Al principio de su poema, el autor de la Teogonía relata la experiencia de su iniciación en la poesía: ésta, dice, es un don que recibió de las Musas del Helicón, a quienes dirige al principio de su obra lo que podemos considerar como un himno. 

Las Musas se le revelaron a Hesíodo, dice éste, mientras apacentaba ganado en el monte, le instruyeron en el arte de la poesía y, como símbolo material de su nueva ocupación, le entregaron un cetro. 
El pasaje, en el que alternan la tercera y primera persona, es notable porque parece implicar una conciencia poética mayor que la que hallamos en Homero, quien nunca se presenta a sí mismo ante su auditorio: de hecho, se entiende que esta autopresentación del narrador indica la mayor modernidad de la Teogonía frente a los poemas homéricos.

La cuestión que nos planteamos automáticamente es la de hasta qué punto debemos considerar lo narrado como real, o bien hasta qué punto debemos considerar que Hesíodo consideraba lo narrado como real: es decir, hasta qué punto nos está hablando Hesíodo de un hecho autobiográfico. La posibilidad de que Hesíodo considerara lo narrado como real puede repugnarnos desde la perspectiva del S. XXI. Pero negar la realidad de la percepción de Hesíodo puede ser anacrónico, y en este sentido conviene tener en mente lo que dice L. Gil: 
Para la comprensión de vivencia tan extraña a la mentalidad moderna es precioso tener presente que Hesíodo compartía las creencias religiosas de los campesinos de Beocia, los cuales, con cierta frecuencia, veían en los parajes agrestes a las Ninfas o quedaban nymphóleptoi, posesos por ellas; y conviene también no perder de vista que, como rapsodo, tenía la misma fe que Homero en las Musas. No es, por tanto, difícil imaginar que, mientras apacentaba sus ovejas en el Helicón, pasase por una experiencia análoga a la de sus paisanos y atribuyese el origen de la misma a las Musas, cuya presencia numinosa creyó tan vivamente percibir en aquellos parajes familiares, a pesar de poner la tradición en Pieria, al pie del Olimpo, la sede de éstas (L. Gil, Los antiguos y la inspiración poética, Madrid, Guadarrama, 1967, p. 23). 

Un caso análogo al de la Teogonía, y aún más sorprendente por el carácter filosófico del texto (y, por tanto, por su aspiración a la verdad), es el que nos encontramos al principio del poema de Parménides de Elea (floruit 1ª mitad S. V a. C.).

La cuestión que conviene no dejar caer en saco roto es la de que el descubrimiento del “yo” en la literatura no es un procedimiento tan automático como pudiéramos pensar: desde luego, no lo fue en Grecia:
  • Como ya hemos indicado esa presencia del “yo” parece no darse en la narración supuestamente neutra de Homero. 
  • El “yo” hace su irrupción con Hesíodo, quien nos da datos de su vida como su nacimiento en Ascra y sus conflictos con su hermano Perses por culpa de la herencia paterna (cfr. Trabajos y Días). 
  • Ni siquiera en el caso de la lírica podemos tener certeza de que los poetas nos hablen de sus experiencias personales y que no nos estén hablando en nombre de su auditorio, con el que establecían un tipo de simbiosis ajeno a nuestros hábitos literarios. 
Para sintetizar todo este material reunido por Misch (y siguiendo la exposición de Görgemanns 1997: están aquí), podemos reconocer cinco ámbitos en los que se presenta en Grecia la escritura autobiográfica:

1. ORATORIA:

La exposición de la propia vida y carácter es habitual en la oratoria judicial, especialmente en los discursos en que el orador intenta defenderse. Éste es el caso de Antifonte de Ramnunte, Apología; Isócrates, Sobre el cambio de fortunas; Demóstenes, Sobre la corona. 
De la obra de Isócrates se hablará más adelante en una antrada futura.
Cfr. T. C. Loening, “The Autobiographical Speeches of Lysias and the Biographical Tradition”, Hermes 109 (1981), pp. 280-294. 
Con nuestro concepto de autobiografía podemos incluir aquí también el caso de la Apología de Sócrates escrita por Platón, aunque otros preferirán considerarla ejemplo de escritura autobiográfica ficticia (no es el autor sino el narrador quien cuenta su vida).

2. EPISTOLOGRAFÍA:

También es habitual la narración de hechos de la propia vida en las epístolas, muy especialmente cuando tienen carácter de autojustificación – éste es especialmente el caso de Platón, Carta Séptima, del que se hablará en detalle en una entrada posterior.

3. MEMORIAS (HYPOMNÉMATA):

Desde el Helenismo son habituales en el caso de personajes con actuación en la vida pública; también estos casos suelen poseer carácter de autojustificación.
Cfr. Engels, J., “Die Hypomnemata-Schriften und die Anfänge der politischen Biographie und Autobiographie in der griechischen Literatur”, ZPE 96 (1993) 19-36. 
Dentro de este tipo de escritura autobiográfica se pueden recordar los casos de

  • Nicolás de Damasco (64 a. C. – post 4 a. C.): historiador, autor de una historia universal (sólo tenemos fragmentos), filósofo, preceptor de los hijos de Antonio y Cleopatra; también desempeñó labores políticas, como consejero de Herodes el Grande y de su hijo. Sabemos que escribió biografías, la de Augusto y la suya propia, la primera con carácter propagandístico y la segunda con carácter encomiástico: según sabemos por los fragmentos, presentaba su propia vida como la realización del ideal ético aristotélico. La atención dedicada en su obra histórica a su propia época debe de responder también a la inclusión de material autobiográfico.
  •  Flavio Josefo (37/38 – post 100): Josefo es uno de los representantes fundamentales de la literatura judeohelenística. Es una fuente historiográfica importante a través de su Guerra de Judea y sus Antigüedades judías. Escribió también una Vida de Josefo en la que pretendía defenderse de las acusaciones lanzadas contra él por Justo de Tiberíades. Téngase en cuenta que Flavio Josefo fue un personaje muy discutible: abandonó el bando de su patria en la guerra (fue uno de los pocos defensores de la fortaleza de Yotapa que no murieron o se suicidaron tras el asedio) y pasó a colaborar con Roma, quien le pagó bien su nueva fidelidad; por motivos obvios le llovieron abundantes críticas ante las que intentó justificarse. 
Sobre la autobiografía de Flavio Josefo, cfr. Lamour, D., “L'organisation du recit dans l'Autobiographie de Flavius Josephe”, BAGB 1996.2 (1996) 141-150. Lamour, D., “L'autobiographie de Flavius Josephe ou le roman d'une vie”, RBPh 77.1 (1999) 105-130. Daude, C., “Le récit autobiographique de Flavius Josèphe: temporalité personnelle et intentionnalité historique”, en G. Lachenaud y D. Longrée (eds.), Grecs et Romains aux prises avec l'histoire. Réprésentations, récits et idéologie, Rennes, 2003, II, pp. 591-608. M. Hirschberger, "Historiograph im Zwiespalt - losephos' Darstellung seiner selbst im Ioudaikòs Pólemos", en M. Reichel (ed.), Antike Autobiographien. Werke - Epochen – Gattungen, Colonia-Weimar-Viena, Böhlau, 2005, pp. 143-179.
  • Un caso peculiar es el de Jenofonte, por cuanto en su Anábasis relata hechos de los que él fue protagonista pero renuncia al uso de la primera persona y escribe sobre sí mismo en tercera; Jenofonte será la figura central en la próxima entrada del blog.

4. ESCRITOS EN LOS QUE EL AUTOR SE PRESENTA ANTE SU PÚBLICO:

Es el caso, p. ej., de lo que hacen algunos poetas, a veces en forma de sello poético (sphragís); también puede reconocerse un caso similar en los prólogos que algunos autores en prosa colocan delante de sus obras.
En este campo son un caso especial algunos escritos que convierten en tema justamente la relación autor-público; es el caso de:
  • Luciano, Somnium
  • Galeno, Sobre el orden de mis libros y Sobre mis libros; 
  • Libanio, Or. I. 
Cfr. G. Raina, “Il sogno di Luciano tra autobiografia e mitopoiesi”, Maia 53 (2001), pp. 399-409.


5. ESCRITOS DE INSPIRACIÓN ESTOICA DEDICADOS A LA INTROSPECCIÓN:

En este sentido la referencia básica es la de Marco Aurelio (Meditaciones); ahora bien, en su obra el elemento autobiográfico aparece concentrado en el primer libro. Cfr. Dalfen, J., “Autobiographie und Biographie. Der Fall Marc Aurel”, GB 23 (2000), pp. 187-211.

Con este campo se pueden poner también en relación los textos que hablan de una conversión filosófica o religiosa: Luciano, Bis accusatus; Dión Crisóstomo, Perì phygês; Elio Aristides, Hieroì lógoi; San Pablo, Gálatas I 11 ss., I Corintios XV 8, Filipenses III 7 ss.; San Justino Mártir, Diálogo con Trifón; San Gregorio Taumaturgo, Discurso de agradecimiento a Orígenes.
Cfr. S. J. Harrison, “Apuleius, Aelius Aristides and Religious Autobiography”, en M. Paschalis y St. Frangoulidis (eds.), Space in the Ancient Novel, Groningen, 2002, pp. 245-25. 
Para el caso de Roma, una síntesis debería decir, siguiendo a Görgemanns y Berschin 1997 (mira aquí), que la escritura autobiográfica es igualmente abundante en la otra cultura clásica.
Para sus orígenes en Roma, cfr. Chassignet, M., “La naissance de l'autobiographie a Rome: 'laus sui' ou 'apologia de vita sua?'”, REL 81 (2003), pp. 65-78. 
De la autobiografía en sentido propio propone Berschin distinguir los Commentarii, destinados a justificar actuaciones políticas o militares (piénsese en el caso de Julio César).

Con todo, la literatura de los Commentarii influyó mucho en las obras de carácter más claramente autobiográfico (narraciones de la propia vida), que presentan asimismo carácter de justificación de la actuación pública: aunque no conservamos ningún texto de este tipo, sabemos que fueron escritos por figuras como Sila, Cicerón o Augusto. En fechas posteriores, otros césares también cultivaron este mismo tipo de autobiografía autojustificatoria.
Cfr.: Bollansee, J., “P. Fay. 19, Hadrian's Memoirs, and Imperial Epistolary Autobiography”, AncSoc 25 (1994), pp. 279-30. Chausson, Fr., “L'autobiographie de Septime Severe”, REL 73 (1995), pp. 183-198. Lewis, R.G., “Imperial Autobiography, Augustus to Hadrian”, Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 34.1, 1993, pp. 629-706. Mary, L., “'Cauti uel... timidi'. De l'expérience militaire à la conscience historique: les fragments autobiographiques des 'Res gestae' d'Ammien Marcellin”, en G. Lachenaud y D. Longrée (eds.), Grecs et Romains aux prises avec l'histoire. Réprésentations, récits et idéologie, Rennes, 2003, II, pp. 621-632. Pausch, D., “Formen literarischer Selbstdarstellung in der Kaiserzeit. Die von römischen Herrschern verfassten autobiographischen Schriften und ihr literarisches Umfeld”, RhM 147 (2004), pp. 303-336. Scholtz, P., “Sullas 'commentarii' - eine literarische Rechtfertigung. Zu Wesen und Funktion der autobiographischen Schriften in der späten Römischen Republik”, en U. Eigler, U. Gotter, N. Luraghi y U. Walter (eds), Formen römischer Geschichts-schreibung von den Anfängen bis Livius. Gattungen, Autoren, Kontexte, Darmstadt, 2003, pp. 172-195. 
Un caso que se debe distinguir de éste lo representa en Roma la autobiografía poética. Prescindiendo de los antecedentes, podemos recordar en este punto los casos de Ovidio (Tristia IV 10) o Prudencio (Praefatio). En otras ocasiones, la autobiografía poética pretende ser una especie de captatio beneuolentiae, según apreciamos en distintos lugares de Horacio, y especialmente en Sátiras I 6.
Cfr. Fairweather, J., “Ovid's Autobiographical Poem, Tristia 4.10”, CQ 37 (1987), pp. 181-196. Gildenhard, I.; Zissos, A., “Inspirational fictions: autobiography and generic reflexivity in Ovid's proems”, G&R 47 (2000), pp. 67-79. Gowers, E., “Fragments of Autobiography in Horace Satires I”, ClAnt 22 (2003), pp. 55-92. Harrison, G., “The Confessions of Lucilius (Horace 'Sat'. 2.1.30-34): A Defense of Autobiographical Satire?”, ClAnt 6 (1987), pp. 38-52.

Cabría aún comentar otros tipos de escritura autobiográfica en la literatura latina pagana (p. ej., los casos de las Cartas a Lucilio de Séneca, o de las Metamorfosis de Apuleyo).
Cfr. M. Hicter, “L'autobiographie dans l'Ane d'Or d'Apulée”, AC 13 (1944), pp. 95 ss.; id., “L'autobiographie dans l'Ane d'Or d'Apulée (suite et fin )”, AC 14 (1945), pp. 61 ss. 
Si nos volvemos al caso de la literatura cristiana, ha de citarse ante todo el caso de las Confesiones de San Agustín, sobre las que trataremos más adelante en detalle. Aquí quiero recordar tan sólo que la obra ya influyó en otras autobiografías del final de la Antigüedad, como por ejemplo las de
  • Próspero de Aquitania (texto espurio; comienza diciendo nato mihi quondam sub lege peccati); 
  • Paulino de Pela: ca. 459 compuso 616 hexámetros, un escrito de agradecimiento sub ephemeridis meae textu; 
  • San Patricio, apóstol de Irlanda: su Confessio ha recibido especial atención en la bibliografía más reciente; 
  • Valerio del Bierzo: gallego según Berschin, muerto en 695, autor de unas Narrationes
Además, debe recordarse que la obra de San Agustín incluye también otros escritos autobiográficos, como por ejemplo los Soliloquia y sus Retractationes (Revisiones).

Con la referencia a todos estos materiales hacemos ver que, ciertamente, la escritura autobiográfica tuvo realidad en la época antigua. Pero en estas entradas, por supuesto, tenemos que seleccionar dentro del corpus unos pocos ejemplos que puedan ser significativos, de los que intentaremos extraer nuestras conclusiones. Tales ejemplos, ordenados según el criterio cronológico, e intentando al tiempo abarcar distintos géneros literarios clásicos, serán los siguientes:
  • Jenofonte, Anábasis: discutiremos la posibilidad de considerar como autobiografía esta obra que narra en tercera persona hechos de los que el autor fue testigo y protagonista. Al hilo de la Anábasis, interrumpiendo la serie cronológica, trataremos también el caso de César. 
  • Platón, Carta Séptima: texto considerado por muchos como la primera autobiografía de la Antigüedad – aunque esta opinión no es compartida por todos a causa de ciertos problemas de autoría que presenta el texto. De todas formas, la Carta Séptima ejemplifica bien el puesto que le puede corresponder a la epistolografía dentro de la autobiografía. 
  • Isócrates, Sobre el cambio de fortunas: del orador Isócrates conservamos otro texto (354 a. C.) que podría competir con la Carta Séptima de Platón (ca. 353 a. C.) por el puesto de primera autobiografía de Grecia. En cualquier caso, es representativo del tipo de informaciones sobre la propia vida incluidas en la oratoria judicial. 
  • Galeno, Sobre el pronóstico. Ejemplifica los casos en los que el autor recurre a procedimientos autobiográficos para justificarse en escritos con carácter de memorias. 
  • San Agustín, Confesiones: primer texto latino del curso, es la autobiografía por excelencia de la Antigüedad; se trata de una obra que, además, ejerció como modelo en el desarrollo posterior de la autobiografía en Occidente; por ello, el influjo de las Confesiones en las obras de Petrarca y Rousseau debe ser al menos aludido con brevedad. 



jueves, 6 de octubre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA EN LA ANTIGÜEDAD: PRELIMINARES


Quiero iniciar una nueva serie de entradas (esta, esta, esta, esta, esta y esta otra) relativas a un tema sobre el que vengo trabajando de manera colateral desde hace bastantes años: la autobiografía de la Antigüedad. Quizá el marco adecuado para este asunto fuera una monografía pero, de momento, esto es lo que hay.

No sé si hablar de Autobiografía en la Antigüedad es algo impropio como piensan los colegas de otras disciplinas, yo no lo creo. Que hubo escritura autobiográfica en Grecia y Roma es innegable y a esa verdad me atengo.



Autobiografía es un compuesto de origen griego: auto-bio-graphía. Podemos interpretarlo como “acto de escribir la propia vida”. Sin embargo, la palabra autobiographía no se documenta en griego antiguo (en realidad la palabra no empezó a utilizarse hasta principios del S. XIX).
Esto nos permite recordar que en la Antigüedad no se le reconoció entidad propia a la autobiografía, y mucho menos se la identificó como género independiente (a diferencia de lo que sí sucedió con la biografía). 
Intento exponer que, aun sin tener el concepto moderno de autobiografía, griegos y romanos sí practicaron la escritura autobiográfica, obviamente con sus características peculiares. Porque el concepto de autobiografía aplicado a la Antigüedad a lo mejor no tiene por qué coincidir exactamente con el concepto manejado para épocas posteriores.

Más en concreto: parece preferible que, al menos de entrada, no consideremos en este caso como característica esencial de la autobiografía la introspección del autor, a la manera de lo que hace p. ej. Rousseau en Las confesiones.
Esa actividad se documenta en la Antigüedad, pero de manera escasa y en fecha relativamente tardía: en San Gregorio Nacianceno (329/330 – 390/391) o en San Agustín (354 – 430). 
El que en Grecia o Roma no abunde esa introspección puede deberse a razones que, en todo caso, podremos explorar más adelante. Por tanto, partiremos de un concepto más amplio de la escritura autobiográfica, concepto que luego habremos de acotar para evitar que nuestro estudio se diluya en exceso.

En este sentido parece que, a lo que debemos atender, y lo que yo voy a considerar en principio (pero ya adelanto que no al final) como autobiografía, son aquellos casos en los que el autor o narrador habla de su propia vida, habitualmente en primera persona.

Nótese que hablo tanto de autor como de narrador. Con ello parece que dejo en suspenso la distinción entre autobiografía real (es el autor quien habla de su vida) y ficticia, entendiendo por ésta la pseudoautobiografía (cfr. p. ej. M. Proust, En busca del tiempo perdido; L. Tólstoi, Infancia, adolescencia, juventud) o la novela autobiográfica (cfr. p. ej. A. Powell, Una danza para la música del tiempo):
  • La distinción, por supuesto, es básica si se considera el texto autobiográfico como documento histórico. 
  • Pero la distinción a lo mejor no es tan relevante cuando nos aproximamos al texto en tanto que texto (literario), y ése es el enfoque que yo persigo. 
Sea de ello lo que fuere, intentaremos aproximarnos a la autobiografía de la Antigüedad con un concepto abierto del género, que luego deberemos cerrar.

Los ejemplos de escritura autobiográfica lato sensu en el corpus literario de Grecia y Roma son abundantes y de tipos distintos. En lo que sigue me referiré a
  • los primeros ejemplos de introducción del “yo” del autor-narrador en la literatura griega; 
  • presentaré una síntesis histórica de la autobiografía antigua siguiendo a Görgemanns y Berschin (mira al final las referencias); 
  • propondré los textos a los que nos vamos a referir en las entradas siguientes y de los que intentaremos sacar conclusiones sobre la autobiografía en la Antigüedad. 


ALGUNAS REFERENCIAS:


* Una panorámica actual (1997) del tema se puede encontrar en

K. Jansen-Winkeln, H. Görgemanns y W. Berschin, “Autobiographie”, Der neue Pauly: Enzyklopädie der Antike 2, 1997, 348-353.

El artículo abarca cuatro campos: Oriente, Grecia, Roma y Tardoantigüedad romana; se cierra con algunas consideraciones sobre el influjo en la posteridad de los escritos autobiográficos antiguos.

* La obra fundamental sobre la autobiografía de la Antigüedad es la sección correspondiente (setecientas páginas) en G. Misch, Geschichte der Autobiographie.

La obra, publicada a lo largo de bastantes años, abarca en ocho tomos desde la Antigüedad hasta los escritos autobiográficos de los siglos XVIII y XIX. Los dos últimos tomos publicados (1967 y 1969) aparecieron después de la muerte de Misch (1878-1965). Los dos primeros tomos, referidos a la autobiografía de la Antigüedad son asequibles en inglés: G. Misch, A History of Autobiography in Antiquity, Westport, Conn., Greenwood Press, 1973 (2 volúmenes).

* Una obra de conjunto en la que se recogen diversas aportaciones sobre el género literario de la autobiografía es

G. Niggl (ed.), Die Autobiographie: zu Form und Geschichte einer literarischen Gattung, Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1989.

* Importa también, aunque su tema sea propiamente la biografía y no la autobiografía, este libro de Momigliano:

A. Momigliano, Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia, México, 1986 (The Development of Greek Biography, Cambridge Mass., 1971).


* Para aspectos más específicos se pueden consultar también estos trabajos que, creo, han de ser considerados referencias bibliográficas básicas:

H. Chadwick, Agustín, Madrid, Cristiandad, 2001.
P. Courcelle, “Antécédents autobiographiques des Confessions de Saint Augustin”, Revue de Philologie 31, 1957, 23-51.
L. Edelstein, Plato’s Seventh Letter, Leiden, Brill, 1966.
R. G. Lewis, “Imperial Autobiography, Augustus to Hadrian”, Aufstieg und Niedergang der römischen Welt II 34.1, 1993, 629-706.

* Es importante también, para comprender el influjo de la autobiografía antigua en el Renacimiento,

T. C. Price Zimmermann, “Bekenntnis und Autobiographie in der Renaissance”, en G. Niggl (ed.), Die Autobiographie: zu Form und Geschichte einer literarischen Gattung, Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1989.

* Cf. también el libro colectivo de Michael Reichel:

M. Reichel (ed.), Antike Autobiographien. Werke - Epochen – Gattungen, Colonia-Weimar-Viena, Böhlau, 2005.
Es especialmente interesante M. Erler, “Philosophische Autobiographie am Beispiel des 7. Briefes Platons“, pp. 75-92.





viernes, 30 de septiembre de 2011

NOVELA BIZANTINA: NOVELA DE BIZANCIO


Incluyo una entrada sobre literatura bizantina con la pretensión de aclarar una confusión terminológica y por completar las explicaciones que les he dado en clase en estos últimos días a los alumnos de Literatura Universal. Explicaciones siempre mínimas porque Bolonia obliga a hacer Literatura-Express: por la cuenta que nos trae, ¡ojalá no haga Medicina-Express!

PD. Sobre el concepto de "novela bizantina" escribí un artículo que podéis encontrar aquí.


El género de la novela se siguió cultivando en la Edad Media, tanto en Occidente (sobre todo en Francia) como en Oriente, es decir: en Bizancio. En la Edad Media hubo, por tanto, una novela bizantina, y aprovecho este hecho para hacer una aclaración terminológica:
  • En ocasiones se llama “novela bizantina” a la novela griega de la Antigüedad (Dafnis y Cloe, p. ej.). 
  • Ahora bien, esas novelas no se escribieron en el período bizantino, que comienza, si acaso, en el S. IV d. C. (a esa cronología sólo puede pertenecer, si fuera cierta su cronología más alta, la novela de Heliodoro). 
  • Aquí interviene un error de datación del que somos culpables los filólogos clásicos, no los hispanistas: en el S. XIX los filólogos clásicos alemanes (Erwin Rohde) pensaban que las novelas griegas habían sido escritas bajo el influjo del movimiento conocido como Segunda Sofística: así pues, se las databa entre dos extremos, los siglos II d. C. (época de Jámblico) y VI (época de Caritón). 
  • Esta teoría fue desmentida hace un siglo por los descubrimientos de papiros: éstos han obligado a separar de la época bizantina las novelas griegas conservadas. 
  • Hoy en día los filólogos clásicos saben cuál es la cronología real de la novela griega de la Antigüedad pero otros especialistas siguen cautivos del error provocado por Rohde y consagrado en España por Menéndez y Pelayo. 
  • En definitiva: la novela griega de la Antigüedad no es “novela bizantina”, y además lo lógico es reservar ese nombre para las novelas que se escribieron en Oriente durante la Edad Media. 
De esas novelas, las auténticas novelas bizantinas, hemos de comentar algo ahora. Tras el ocaso que experimentó al final de la Antigüedad, el género de la novela resurgió con fuerza en Constantinopla durante el S. XII
  • bajo el influjo de la novela de la Antigüedad, 
  • con independencia de modelos occidentales como el representado por Chrétien de Troyes. 
Esas primeras novelas bizantinas se compusieron a la luz del modelo de las novelas griegas de la Antigüedad: así sucedió por ejemplo en el caso de Hismine e Hisminias de Eustacio Macrembolites, claramente influida por la Leucipa y Clitofonte de Aquiles Tacio.


De la época conservamos cuatro textos de los que el único en prosa es la obra citada de Eustacio Macrembolites, Hismine e Hisminias. Junto a ésta se han de mencionar otras tres novelas escritas en dodecasílabos:
  • Teodoro Pródromo, escritor del S. XII, compuso Rodante y Dosicles; 
  • Nicetas Eugeniano (SS. XII–XIII) es autor de Drosila y Caricles; 
  • por último, de Constantino Manases (S. XII) conservamos los fragmentos de su Aristandro y Calítea. 
A un período posterior (SS. XIII–XIV) pertenece una serie de novelas anónimas (Beltandro y Crisanza, Calímaco y Crisórroe, Lívistro y Rodamna) con características diferenciadas:
En ellas se hace ya patente el influjo de la novela caballeresca francesa, influjo que desplaza al de la novela griega antigua. 
Es de esa novela (la novela caballeresca francesa) de la que realmente interesa hablar cuando se habla de novela medieval europea:
  • mientras que la novela de Bizancio, la auténtica novela bizantina, no ha dejado huella en la tradición, 
  • sí lo ha hecho la novela medieval de Occidente; 
  • la novela griega de la Antigüedad volvió a su vez a influir en la novela del S. XVI, una vez que se empezó a traducirla e imprimirla. 



ALGUNAS REFERENCIAS:

BEATON, R., The Medieval Greek Romance, Londres-Nueva York, 1996 (2ª ed).
Calímaco y Crisórroe, ed. C. García Gual, Madrid, 1982.
Historia extraordinaria de Beltandro y Crisanza, ed. J. M.ª Egea, Granada, 1998.
Lívistro y Rodamna, ed. Moreno Jurado, Sevilla, 1994.
MENÉNDEZ Y PELAYO, M., Orígenes de la novela, vol. 1, Santander, 1943 (= 1905).
POLITIS, L., Historia de la literatura griega moderna, trad. G. Núñez, Madrid, 1994.
ROHDE, E., Der griechische Roman und seine Vorläufer, Leipzig, 1914 (3ª ed.).
TEODORO PRÓDROMOS, Rodante y Dosicles, trad. J. A. Moreno Jurado, Madrid, 1996.
TORRES GUERRA, J. B., “¿Novela bizantina o novela helenizante? A propósito de un término consagrado”, en I. Arellano, V. García Ruiz y C. Saralegui (eds.), Ars bene docendi: Homenaje al Profesor K. Spang, Pamplona, 2009, pp. 567-574.