lunes, 20 de abril de 2015

EL EMPERADOR Y EL OBISPO. CONSTANTINO EL GRANDE COMO HOMBRE DIVINO


Tenía que haber expuesto este tema en forma de conferencia en Madrid el 22 de abril de 2015. Pero me partí un brazo en la puerta de mi casa en Barañáin y sigo sin estar en condiciones. Bueno, esto sí que es la grandeza de las nuevas tecnologías.


Hace unos años me llevé una sorpresa mientras traducía una obra de Juan de Damasco, Sobre las imágenes sagradas. Este autor cita en un momento determinado (3,76) un pasaje de una Vida de san Constantino:
Ἐκ τοῦ βίου τοῦ ἁγίου Κωνσταντίνου, βιβλίου δʹ.
De la Vida de san Constantino, libro cuarto [Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino 4,15,1]. 
Me sorprendió encontrar esta referencia a un “san Constantino”: daba por supuesto que se tenía que estar hablando de otro Constantino pues entendía que el emperador Constantino no podía ser un santo cristiano.
  • Es verdad que Constantino es conocido de manera habitual (y de forma imprecisa) por haber reconocido la libertad de culto de los cristianos en 313 por el llamado edicto de tolerancia de Milán. 
  • Pero Constantino también es el hombre que acabó con adversarios políticos como Licinio o incluso parientes como su hijo Crispo y (quizá) su mujer Fausta en 326. 
El autor de esa Vida de san Constantino [VC], Eusebio de Cesarea, hace caso omiso de estos crímenes de familia y no los menciona.

Fue el historiador pagano Zósimo quien, hacia el año 500, explotó estos acontecimientos para mostrar que Constantino no se hizo cristiano por convicción sino para sentirse absuelto de unos crímenes imperdonables.
  • A propósito de esto recuerdo que Constantino, el emperador cristiano que actuaba como cabeza de la Iglesia, no recibió el bautismo hasta el último momento de su vida (337), y esto puede arrojar dudas sobre su rectitud. 
  • En la Modernidad muchos autores han censurado de forma durísima a Constantino, por ejemplo Voltaire. Entre los historiadores críticos con Constantino cabe mencionar a Edward Gibbon (1737-1794) o a Jacob Burckhardt (1818-1897). 
Fuera cual fuese la convicción de Constantino, lo cierto es que, para un número importante de cristianos, pasa por ser aún hoy un ejemplo de virtud y vida espiritual, un santo objeto de culto:
La Iglesia Ortodoxa lo venera el 21 de mayo. Además le otorga el título de ἰσαπόστολος, “igual a los Apóstoles” 
Desde luego no pretendo someter la figura de Constantino a un proceso de re-canonización o des-canonización, entre otras cosas porque no es la cuestión que interesa en estas sesiones.

La clave está realmente en otro punto: si los panegiristas de Constantino lo consideraban como santo, como modelo excelente de humanidad cristiana (este es el concepto de ‘santo’ con el que voy a trabajar, aunque no sea un concepto técnico), y en qué forma transmitían en sus escritos esta consideración.

Si se habla de panegiristas del emperador, el primer autor al que se ha de acudir es al ya citado, Eusebio, obispo de la Cesarea de Palestina que alabó al emperador en diversas obras conservadas:
  • En los libros correspondientes de su Historia eclesiástica. 
  • En las Laudes Constantini. 
  • Y, sobre todo, en la Vida de Constantino, el texto en el que me centraré. 
Pero, ante todo, convendrá recordar algunos datos en relación con Constantino y Eusebio.


El futuro emperador nació un 27 de febrero, quizá el año 273, y murió el 22 de mayo de 337. No nació en Roma en el seno de una familia de abolengo. Con respecto a los tiempos de Augusto, las cosas habían cambiado mucho en Roma a finales del siglo III.

Constantino nació en los Balcanes, en la actual Serbia, dentro de una familia de origen ilírico. Su madre fue santa Helena, concubina o esposa, según Th. D. Barnes, de un militar, Constancio Cloro, ascendido por sus éxitos militares  en el año 293 a la condición de César, corregente de Maximiano, co-emperador (Augusto) asociado al emperador (también Augusto) Diocleciano.
El sistema aquí implicado es la tetrarquía, gobierno a cuatro partes que debía facilitar la gestión de un Imperio que se había revelado incontrolable durante las crisis políticas del siglo III. La tetrarquía, inaugurada en el año 284, supuso la reorganización del Imperio, que pasó a ser regido por dos emperadores o Augustos simultáneos, asistidos cada uno por un César. 
La condición de César fue la primera dignidad alcanzada por Constancio, quien fue luego Augusto por breve tiempo, entre los años 305 y 306. Cuando muere Constancio en York en el año 306, sus tropas proclamaron a su hijo Constantino emperador: más en concreto, lo eligieron como César de la parte occidental del Imperio.

La inestabilidad fue una constante de la tetrarquía. Constantino pudo experimentar en su propia persona las rivalidades fratricidas que generaba un Imperio compartido.
  • Hasta alcanzar el poder absoluto en 324, Constantino se debió imponer, entre otros, al citado Majencio, al que derrotó en la batalla del puente Milvio el año 312.
  • Antes, en 310, había instado al suicidio al padre de Majencio, Maximiano, el antiguo emperador. 
  • El otro gran rival de Constantino fue Licinio. Constantino había compartido con él la condición de Augusto, en relativo acuerdo, hasta el año 324, fecha en que ambos se enfrentaron en Adrianópolis, batalla que se saldó con la derrota de Licinio.
Según se indicaba antes, la figura de Constantino pasa a la historia de Roma en tanto que liberalizador de la política religiosa imperial. La tolerancia del cristianismo introdujo en el Imperio un giro copernicano que abrió las puertas a la expansión de la nueva religión en detrimento de la religión tradicional. Constantino le concedió al cristianismo un protagonismo cada vez mayor y llegó a convocar personalmente un concilio en 325 (el de Nicea) para resolver la disputa arriana.

El conflicto religioso, la discusión sobre si tolerar o no el cristianismo, había desempeñado un papel importante en el enfrentamiento de Constantino con sus rivales Majencio y Licinio: así lo resalta el panegirista de Constantino, el obispo Eusebio.

Por ejemplo, en el libro 9 de la Historia eclesiástica, refiere alguna medida significativa del programa iconográfico del emperador, adoptada tras su victoria sobre Majencio en el puente Milvio.
  • En esa ocasión Constantino y sus hombres tuvieron una visión de la cruz y después Constantino, en sueños, contempló a Cristo que le pedía que incluyera el símbolo en los estandartes de su ejército (τούτῳ νίκα, "en este [está] la victoria"). 
  • Derrotado Majencio, el Augusto alzó en Roma la estatua que describe Eusebio en este texto de la Historia eclesiástica (9,9,10-11): 
Εὖ μάλα τῆς ἐκ θεοῦ συνῃσθημένος βοηθείας, αὐτίκα τοῦ σωτηρίου τρόπαιον πάθους ὑπὸ χεῖρα ἰδίας εἰκόνος ἀνατιθέναι προστάττει, καὶ δὴ τὸ σωτήριον σημεῖον ἐν τῇ δεξιᾷ κατέχοντα αὐτόν, μάλιστα ἑστώτων ἐπὶ Ῥώμης δεδημοσιευμένων τόπων στήσαντας αὐτὴν δὴ ταύτην παραγραφὴν ἐν τάξει ῥήμασιν αὐτοῖς τῇ Ῥωμαίων κελεῦσαι φωνῇ· «Τούτῳ τῷ σωτηριώδει, τῷ ἀληθεῖ ἐλέγχῳ τῆς ἀνδρείας, τὴν πόλιν ὑμῶν ἀπὸ τοῦ τυράννου διασωθεῖσαν ἠλευθέρωσα, ἔτι μὴν καὶ τὴν σύγκλητον καὶ τὸν δῆμον Ῥωμαίων τῇ ἀρχαίᾳ ἐπιφανείᾳ καὶ λαμπρότητι ἐλευθερώσας ἀποκατέστησα.» 
Habiéndose dado muy buena cuenta de la ayuda que le había venido de Dios, al punto manda que se coloque un trofeo de la Pasión salvadora en la mano de su propia imagen, y en efecto él sostiene el signo salvador en la mano derecha; y manda que, habiéndola colocado en el lugar más frecuentado de Roma, que inscriban literalmente, línea a línea, esta leyenda en lengua romana: “Con este signo salvador, verdadera prueba del valor, liberé vuestra ciudad, tras salvarla del tirano. Más aún, tras liberarla restituí al senado y al pueblo de los romanos a su antigua majestuosidad y esplendor”. 

Tras la victoria de Milvio varía la iconografía de las monedas constantinianas pues el emperador empieza a incluir en ellas el lábaro, modificación del estandarte tradicional, que ahora contiene el Crismón, el monograma de Cristo (Х Р).
La imagen muestra una moneda del año 327. En ella el lábaro aparece aplastando una serpiente.
Ahora bien, más adelante se comentará que los datos de la numismática están abiertos a discusión. 

Al mundo oriental pertenecía el escritor al que se ha aludido en varias ocasiones, Eusebio de Cesarea, nacido hacia el año 270 y muerto (quizá) el 30 de mayo de 339.
Por las fechas en que nace y muere es plenamente contemporáneo del emperador al que presentaba como ejemplo ideal de gobernante cristiano y como modelo para todos los hombres, en especial para sus súbditos. 

En sus primeros años sufrió la persecución pagana. Siendo ya obispo de Cesarea (entre el 313 y el 315), adoptó posiciones próximas a Arrio. De hecho, llegó a ser excomulgado aunque poco después se le levantó la pena de excomunión.
Esta polémica le llevó a enfrentarse con Atanasio de Alejandría. Este apeló al emperador. No obstante, la maniobra de Atanasio no dio el fruto esperado, pues la reunión de obispos convocada por Constantino fue presidida por el propio Eusebio y se saldó con la condena de Atanasio al exilio. 
Antes se ha indicado que Eusebio presenta, con características distintas, una imagen encomiástica del emperador en tres textos de su amplia obra. En el caso de la Vida de Constantino, el carácter de panegírico venía exigido por el horizonte de expectativas de su género. Desde luego, esta ‘Vida’ no es una biografía al uso: la Vida de Constantino es, en realidad, un tipo peculiar de encomio.

Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, no sería correcto suponer, como se ha pensado en otras épocas, que Eusebio fuera una especie de consejero áulico para el que estaban siempre abiertas las puertas de palacio. Timothy Barnes, en Constantine and Eusebius, recuerda que el emperador y el obispo solo debieron de coincidir en cuatro ocasiones, siempre en presencia de otros obispos.

Fuera o no fuese su trato especialmente estrecho, es cierto que Eusebio parece convencido de la santidad de Constantino, punto que queda claro desde el prólogo de la Vida.

Cuando se inicia la obra, Constantino ya ha muerto. El autor empieza protestando por la incapacidad de su palabra, habla de la presencia ubicua de Constantino en la Tierra a través de sus imágenes, se desplaza al Cielo y ve con la razón al emperador en la presencia de Dios (VC 1,2,2):
ὁ λόγος ὑπερεκπλήττεται· ἤδη δὲ καὶ πρὸς αὐταῖς οὐρανίαις ἁψῖσιν ἑαυτὸν ἐκτείνας, κἀνταῦθα τὴν τρισμακαρίαν ψυχὴν αὐτῷ θεῷ συνοῦσαν φαντάζεται, θνητοῦ μὲν καὶ γεώδους παντὸς ἀφειμένην περιβλήματος, φωτὸς δ' ἐξαστραπτούσῃ στολῇ καταλαμπομένην. 
La razón se queda atónita. Y ya se extiende también por las mismas bóvedas celestes, y entonces se imagina al alma tres veces bienaventurada que acompaña al mismo Dios, despojada de todo revestimiento mortal y terreno y brillando en cambio con un vestido resplandeciente de luz. 
Interesa señalar el lugar especial que le corresponde en esta imagen de Constantino glorificado al elemento visual y a la luz:
  • El verbo φαντάζεται, ‘se imagina’ (la razón, el λόγος del autor), apela a la percepción visual; posiblemente Eusebio presenta la gloria de Constantino como un cuadro que debe ser contemplado mentalmente por sus lectores. 
  • Este cuadro ofrece detalles concretos que apelan al sentido de la vista, como lo que se dice de la vestidura del emperador, caracterizada de manera reiterada por su luminosidad (“brillando … con un vestido resplandeciente de luz”). 
La cuestión que realmente interesa es que Eusebio emplea la luz como seña de la santidad de Constantino, motivo que recurre en otros lugares del prefacio y de la obra.
En este punto Eusebio continúa una tradición secular, pues la asociación entre la luz y lo numinoso es un motivo de larga historia con implicaciones teológicas, literarias y filosóficas.

En la Vida de Constantino hay distintos textos que reflejan esta asociación del emperador con la luz; uno de ellos es, por cierto, el propio relato de la visión que aconteció antes de la acción del puente Milvio (VC 1,28,2). A manera de ilustración, escojo otros dos ejemplos relevantes que marcan dos hitos en la narración de la Vida:

  • La aparición de Constantino ante el sínodo de Nicea en 325. 
  • El momento de su bautismo el año 337. 



El primero de estos textos aparece en VC 3,10,3-5. Este pasaje presenta la entrada en escena de Constantino ante unos trescientos obispos reunidos para la inauguración del concilio de Nicea:
πάντων δ’ ἐξαναστάντων ἐπὶ συνθήματι, ὃ τὴν βασιλέως εἴσοδον ἐδήλου, αὐτὸς δὴ λοιπὸν διέβαινε μέσος οἷα θεοῦ τις οὐράνιος ἄγγελος, λαμπρὰν μὲν ὥσπερ φωτὸς μαρμαρυγαῖς ἐξαστράπτων περιβολήν, ἁλουργίδος δὲ πυρωποῖς καταλαμπόμενος ἀκτῖσι, χρυσοῦ τε καὶ λίθων πολυτελῶν διαυγέσι φέγγεσι κοσμούμενος. ταῦτα μὲν οὖν ἀμφὶ τὸ σῶμα. τὴν δὲ ψυχὴν θεοῦ φόβῳ καὶ εὐλαβείᾳ δῆλος ἦν κεκαλλωπισμένος· ὑπέφαινον δὲ καὶ ταῦτ’ ὀφθαλμοὶ κάτω νεύοντες, ἐρύθημα προσώπου, περιπάτου κίνησις, τό τ’ ἄλλο εἶδος, τὸ μέγεθός τε ὑπερβάλλον μὲν τοὺς ἀμφ’ αὐτὸν ἅπαντας *** τῷ τε κάλλει τῆς ὥρας καὶ τῷ μεγαλοπρεπεῖ τῆς τοῦ σώματος εὐπρεπείας ἀλκῇ τε ῥώμης ἀμάχου. 
Todos se alzaron a una señal que indicaba la entrada del emperador. Marchaba él seguidamente por en medio como un ángel celeste de Dios, irradiando como chispazos de luz de su brillante vestidura, iluminado por los rayos intensos de un manto de púrpura, adornado con el deslumbrante esplendor del oro y las piedras preciosas. Esto en cuanto al cuerpo. En su alma se lo veía engalanado con el temor de Dios y la reverencia. Daban a entender esto también sus ojos, vueltos hacia abajo, el rubor del rostro, la cadencia de su paso y el resto de su aspecto, su estatura que superaba, por una parte, a todos los que lo acompañaban *** por la belleza de su edad y la distinción del porte de su cuerpo, así como por la fuerza de su irreductible vigor. 
Todo el pasaje gira en torno a la figura del emperador, destacando en él aspectos físicos y espirituales. La pauta de la descripción la marca de entrada la comparación inicial: Constantino es “como un ángel celeste de Dios”. Eusebio caracteriza a este “ángel de Dios” apelando al sentido de la vista, al color pero, sobre todo, a la luminosidad:
  1. Su vestidura es tan brillante que parece irradiar chispazos de luz. 
  2. Los rayos intensos de la púrpura lo iluminan. 
  3. Lo adornan el esplendor del oro y las piedras preciosas: “adornado con el deslumbrante esplendor del oro y las piedras preciosas”. 
A renglón seguido la Vida alude a las condiciones morales de Constantino. En esta parte del texto no hay propiamente referencias a la luz, salvo que se entienda que la alusión al rubor del rostro del Augusto pone un punto de luz en su imagen. Lo que es indudable es que Eusebio mantiene la pauta de caracterizar a su héroe por referencias que apelan a lo visual.
  1. Primero habla de que se le “veía” “embellecido” en su alma por el temor de Dios y la reverencia. 
  2. Después recurre a otros marcadores físicos que traslucen su distinción moral, en lo que parece una versión del motivo de “el rostro es el espejo del alma”; por eso, 
El emperador dirige humildemente su mirada al suelo. Se ruboriza. Camina de manera pausada. Y todo su aspecto trasluce, según Eusebio, su disposición moral.


El segundo texto al que me voy a referir se halla en VC 4,62,4-63,1, y trata del bautismo de Constantino:
καὶ δὴ μόνος τῶν ἐξ αἰῶνος αὐτοκρατόρων Κωνσταντῖνος Χριστοῦ μυστηρίοις ἀναγεννώμενος ἐτελειοῦτο, θείας τε σφραγῖδος ἀξιούμενος ἠγάλλετο τῷ πνεύματι ἀνεκαινοῦτό τε καὶ φωτὸς ἐνεπίμπλατο θείου, χαίρων μὲν τῇ ψυχῇ δι’ ὑπερβολὴν πίστεως, τὸ δ’ ἐναργὲς καταπεπληγὼς τῆς ἐνθέου δυνάμεως. Ὡς δ’ ἐπληροῦτο τὰ δέοντα, λαμπροῖς καὶ βασιλικοῖς ἀμφιάσμασι φωτὸς ἐκλάμπουσι τρόπον περιεβάλλετο ἐπὶ λευκοτάτῃ τε στρωμνῇ διανεπαύετο, οὐκέθ’ ἁλουργίδος ἐπιψαῦσαι θελήσας. κἄπειτα τὴν φωνὴν ἀνυψώσας εὐχαριστήριον ἀνέπεμπε τῷ θεῷ προσευχήν, μεθ’ ἣν ἐπῆγε λέγων· «νῦν ἀληθεῖ λόγῳ μακάριον οἶδ’ ἐμαυτόν, νῦν τῆς ἀθανάτου ζωῆς πεφάνθαι ἄξιον, νῦν τοῦ θείου μετειληφέναι φωτός». 
Y en efecto, entre los emperadores que había habido desde el principio de los tiempos, solo Constantino se iniciaba en los misterios de Cristo y renacía, se le juzgaba digno del sello divino y se gloriaba en el Espíritu, se renovaba y se llenaba de luz divina, alegrándose en su alma por la sobreabundancia de la fe, conmocionado, por otra parte, por la manifestación visible del poder divino. Cumplido lo debido, se recubría con radiantes y regios vestidos que refulgían a manera de la luz y se recostaba en un lecho de un blanco intensísimo, sin querer posar ya su mano sobre la púrpura. Y después, alzando la voz, elevaba a Dios una oración en acción de gracias, tras la cual seguía diciendo: “Ahora sé que soy bienaventurado en el sentido verdadero, ahora sé que me he mostrado digno de la vida inmortal y ahora sé que participo de la Luz divina”. 
El hecho de recibir el bautismo implica, según Eusebio, que Constantino “se llenó de luz divina”. El mismo emperador lo declara así al final del pasaje, en estilo directo, empleando las mismas palabras: “Ahora tengo parte en la luz divina”.
Además, el bautismo produce en el emperador un efecto físico asociado con la claridad, pues se halla “conmocionado por la manifestación visible del poder divino”. 
Cumplido el rito del bautismo, Constantino se reviste con un ‘traje de cristianar’, un vestido caracterizado por su blancura como símbolo de pureza del recién nacido a una nueva vida. Pero, según Eusebio, el blanco del vestido de Constantino es además un blanco radiante, que irradia luz:
Se recubría con radiantes y regios vestidos que refulgían a manera de la luz y se recostaba en un lecho de un blanco intensísimo. 
El bautismo implica luz, y más aún santidad, perfección cristiana, de manera especial en un caso como el de Constantino puesto que él recibe el bautismo en el momento de la muerte. Se perdonan de este modo todos sus pecados – sin que le queden, en la práctica, muchas ocasiones de volver a pecar.

Entre este texto y el que hablaba de la aparición de Constantino en Nicea hay similitudes en el vocabulario de la luz. Al tiempo es notable alguna semejanza de vocabulario que implica, de hecho, una diferencia significativa:
  • El texto de VC 3,10,3 dice que Constantino estaba “iluminado por los rayos intensos de un manto de púrpura”
  • En cambio, en VC 4,63,1 se dice de él “sin querer posar ya su mano sobre la púrpura”
La púrpura, por sí misma, no emite luz. Pero, en el primero de los textos, Eusebio habla, en un sentido figurado del brillo que parecía desprenderse de la púrpura en tanto que símbolo de la dignidad imperial.

En este sentido, la renuncia al brillo metafórico de la púrpura en el segundo texto marcha en paralelo con la acogida de la verdadera luz, la “luz divina” que Constantino recibe, como dice Eusebio, en el momento del bautismo.


Lo dicho hasta aquí, ¿es realmente toda la verdad? Sí, si vemos la figura de Constantino focalizada únicamente a través de Eusebio y su Vida del emperador.
En realidad esta debería ser la única cuestión que nos interesara puesto que, como se dijo al principio, esta exposición se refiere a si los panegiristas cristianos de Constantino lo consideraban como santo, y en qué forma transmitían en sus escritos esta consideración.
Aun así, no se puede pasar por alto que la verdad sobre Constantino no se reduce a lo dicho por Eusebio. Destaco tres puntos:
  • La asociación de Constantino con la luz y el Sol tiene una prehistoria pagana y antecede a su conversión al cristianismo. El futuro emperador apareció también en monedas acompañado del Sol, identificado con Apolo, como en el caso del medallón de Ticino (313 d. C.), aquí reproducido. No se ha de olvidar que, por supuesto, la comparación entre el gobernante y el Sol es algo habitual desde al menos época helenística. 
  • En textos como los Panegíricos latinos (7,21; 10,14) se habla también de que Constantino fue testigo de sueños y prodigios paganos de carácter solar, protagonizados en algún caso por Apolo. 
  • Más aún, se asume que la iconografía de Х Р y el lábaro representan el monograma de Cristo. Pero gobernantes anteriores y emperadores no cristianos como Caracalla también usaron estos símbolos. Queda la duda de si tales símbolos pueden no ser en realidad símbolos solares reinterpretados en sentido cristiano, o bien si el monograma puede ser una abreviatura de ἀρχή, “poder” / ἄρχων, “mandatario”. 

Como dije al principio, esta intervención no tiene por objeto ni sancionar ni cuestionar la condición de santo cristiano de Constantino.

Lo que me interesaba era presentar y comentar la imagen de santo luminoso que propone Eusebio, y que debía de coincidir con la percepción general, al menos según la VC.

Así comienza una larga tradición que considera al emperador Constantino un ejemplo excelente de humanidad.

A propósito de ello remito a una imagen de la que me hablaba hace unos meses el profesor David Hernández de la Fuente: la representación de María, en el ábside de Santa Sofía, flanqueada por los emperadores Justiniano y Constantino:
  • Constantino, a la derecha de la imagen, le ofrece a la Virgen la ciudad fundada por él, Constantinopla. 
  • Justiniano, a la izquierda, le presenta a la Madre de Dios la propia iglesia donde se halla esta imagen, Santa Sofía. 
  • El texto escrito a la izquierda de Justiniano lo presenta como ὁ ἀοίδιμος βασιλεύς, “el muy celebrado emperador”. 
  • En cambio, la leyenda escrita a la derecha de Constantino dice: Κωνσταντῖνος ὁ ἐν ἁγίοις μέγας βασιλεύς, “Constantino, el gran emperador que se cuenta entre los santos”. 



9 comentarios:

Andrés Eichmann dijo...

He aprendido mucho con este nuevo plato del "Festín". Lo daré a leer a mis alumnos de la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia)

davidhdelafuente@gmail.com dijo...

Muchas gracias por la interesantísima entrada, José. La discutiremos en el debate de la jornada de mañana con los participantes y los alumnos y servirá como material de discusión también, si te parece, en el curso de máster, en espera de ver tu intervención a distancia gracias a las nuevas tecnologías. Un abrazo

José B. Torres Guerra dijo...

Muchas gracias a los dos, Andrés y David (por cierto: ¡qué interesante sería que os conocieseis!; David, si vas por La Paz, pídeme los datos de Andrés; lo mismo digo, Andrés, para cuando pases por Madrid). Espero que esto les pueda ser de utilidad a unos alumnos y a otros, en un continente y el otro. Esa es la idea con las que nació El festín de Homero.

A doña Carmen Castillo le ha gustado tanto que me ha pedido más. Y hay más: dos artículos en prensa y la primicia, porque lo he terminado gracias a la fractura del brazo: "Imagen y palabra en Eusebio (VC 3,4-24): Constantino en Nicea". Por si a alguno de los dos le interesa.

Javier Andreu Pintado dijo...

Cuánta sabiduría... magnífica!

José B. Torres Guerra dijo...

Javier, te agradezco de corazón tu comentario por una razón evidente: en esta entrada no hay solo filología, hay mucha historia de la Antigüedad Tardía. Y si dices que no he dicho nada raro, que hasta hay sabiduría, no puedo decirte nada más: ¡muchas gracias!

davidhdelafuente@gmail.com dijo...

Pues entonces, paradójicamente, se podría decir que esa factura ha sido para bien de la filología y la historia, disciplinas hermanas o en todo caso de filiación común (la primera auxiliar de la segunda, en la visión de los historiadores, o la segunda hija de la primera, en la de los filólogos). Como quiera que sea, buena mejoría, José, un abrazo a Javier, y un saludo al continente americano, Andrés.

José B. Torres Guerra dijo...

David, ya sabes cuál es el problema: Filología-Historia-Filosofía-¿Lingüística?... Conoces la diferencia que hay entre lo que se hace en Alemania desde finales del XVIII y lo que se hace en España. En la UAM, para nosotros, Filología Clásica era Lingüística-Filología, en este orden.

davidhdelafuente@gmail.com dijo...

Ya, las "ciencias de la antigüedad" alemanas están un tanto alejadas del espíritu moderno de la hiperespecialización (para bien y para mal) de nuestra universidad de hoy. Pero leyendo tu entrada me da que hay quien sigue practicándolas en su sentido amplio. Menos mal. Por cierto, quería decir "fractura" no "factura", claro. Quizá sea un lapsus del subconsciente de quien está más metido de lo que quisiera en gestión universitaria.

José B. Torres Guerra dijo...

Gracias otra vez, David. Sí, lo de la factura del brazo me hizo gracia. Pero de momento creo que no hace falta comprar uno nuevo.